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What happened each session

# 27-03-2026 | De cómo tres idiotas llegaron al desierto y decidieron no huir

*Narrada en el estilo de Sir Terry Pratchett (que en paz descanse y que ojalá no nos demande desde el más allá)*

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El problema con los portales interdimensionales es que nadie pone señalización al otro lado. Uno podría esperar, razonablemente, que al cruzar un umbral entre planos de existencia hubiera al menos un letrero que dijera "BIENVENIDO AL DESIERTO, AQUÍ NO HAY NADA ÚTIL" o, siendo más ambiciosos, "CUIDADO: LAGARTO GIGANTE ENTERRADO EN LA ARENA". Pero los arquitectos del multiverso, como los urbanistas de cualquier ciudad latinoamericana, consideran que la señalización es un lujo innecesario.

Jaime, Octavio e Isa cayeron del plano astral como quien cae de un bus en movimiento: sin gracia, sin preparación y con la vaga sensación de que el universo anterior era marginalmente menos hostil¹.

> ¹ El plano astral, donde acababan de presenciar las plagas de Egipto y la corrupción divina de Zariel, era, objetivamente, bastante hostil. Esto dice mucho sobre el desierto.

Lo primero que sintieron fue la arena. Lo segundo, el temblor. Lo tercero fue algo que el cerebro humano no está diseñado para procesar: una montaña que se levantaba y tenía dientes.

Godzilla emergió del desierto con la majestuosidad de algo que lleva mucho tiempo dormido y no aprecia haber sido despertado. Treinta metros de lagarto nuclear se sacudían la arena de encima mientras, a lo lejos, el zumbido de aviones de la Segunda Guerra Mundial se acercaba con la determinación suicida que solo tienen los pilotos militares que no saben lo que les espera.

Isa hizo lo que cualquier persona racional haría: corrió. Corrió con la velocidad y la convicción de alguien que entiende, a un nivel fundamental, que los seres humanos no están diseñados para socializar con reptiles del tamaño de edificios.

Jaime y Octavio no corrieron.

Esto requiere una pausa, porque es importante entender lo que pasó a continuación. Frente a una criatura capaz de producir una detonación nuclear con las amígdalas, dos colombianos decidieron que el curso de acción más lógico era *ofrecerle un trago*.

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Jaime levantó un balde lleno de aguardiente con ambas manos, como quien le ofrece una cerveza al vecino en una parrillada, excepto que el vecino medía treinta metros y tenía espinas dorsales que brillaban con un azul que sugería capacidad de fisión nuclear. Godzilla, con la curiosidad torpe de un perro grande al que le muestran un juguete nuevo, bajó la cabeza. El balde era, desde su perspectiva, del tamaño aproximado de un dedal. Así que hizo lo único lógico desde el punto de vista de un reptil gigante: mordió una roca entera del suelo para poder meterse el balde a la boca.

Fue, por todos los estándares, un éxito diplomático.

Octavio, envalentonado por el hecho de que Jaime seguía vivo y con todos sus miembros², decidió que era el momento perfecto para negociar. Su plan era simple y, dentro de los parámetros de la locura, elegante: se arrancó una uña de la mano, se la mostró a Godzilla, y mediante una serie de gestos que en retrospectiva eran profundamente ambiguos, intentó comunicar la idea de "ahora tú arráncate una escama y me la das".

> ² Este estado de cosas estaba a punto de cambiar.

Lo que Godzilla entendió fue: "muérdeme la mano".

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Hay que decir, en defensa de la criatura, que lo hizo con todo el cuidado del mundo. Un ser capaz de partir un portaaviones por la mitad cerró sus mandíbulas alrededor de la mano de Octavio con la delicadeza de una abuela pelando un huevo. El resultado, sin embargo, fue el mismo: Octavio se quedó con un brazo que terminaba donde antes empezaba una mano.

Godzilla lo miró con un ojo del tamaño de una rueda de tractor. Si los reptiles gigantes pudieran expresar la emoción de "creí que eso era lo que querías", su cara era exactamente eso.

No hubo tiempo para discutir la situación, porque los aviones llegaron.

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La explosión nuclear que Godzilla produjo con la garganta es difícil de describir con palabras, principalmente porque las personas que suelen estar cerca de explosiones nucleares no sobreviven para escribir reseñas. Baste decir que los aviones dejaron de existir de una manera muy definitiva, y que Jaime, Octavio e Isa —bueno, los dos primeros, Isa estaba corriendo y por lo tanto a una distancia marginalmente más segura— se encontraron en esa zona incómoda entre "eso estuvo cerca" y "debería verificar que sigo teniendo cejas".

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Isa, mientras tanto, había encontrado un Jeep.

El Jeep estaba siendo conducido por una mujer francesa cuyo nombre nunca supieron porque hablaba exclusivamente en francés, que es un idioma hermoso para la poesía y completamente inútil cuando tres colombianos cubiertos de arena y residuos nucleares necesitan que les digan "súbanse rápido".

El Jeep no se detuvo, porque en los desiertos donde habitan criaturas nucleares, detenerse es una sugerencia, no una regla. Isa intentó subirse al vuelo.

Lo que pasó primero fue un desastre. El pie izquierdo de Isa encontró exactamente el punto de la carrocería diseñado para no ofrecer ningún tipo de agarre, y por un instante —un instante largo, del tipo que se graba en la memoria con la nitidez de las cosas que casi te matan— estuvo en el aire, horizontal, con la cara a centímetros del suelo del desierto que pasaba a velocidad considerable.

Pero el destino, o la suerte, o lo que sea que gobierna el universo cuando decide que alguien merece vivir un poco más³, intervino. Lo que parecía una caída inevitable se convirtió en un backflip. Isa giró en el aire con la gracia de alguien que ha practicado gimnasia toda su vida, que no era el caso, y aterrizó sentada en el asiento del pasajero como si llevara años ensayando la maniobra.

> ³ El universo usa un sistema de puntos de héroe. Es menos elegante de lo que suena.

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Una vez todos a bordo, y antes de que las cosas se pusieran realmente interesantes⁴, Jaime se dedicó a una tarea médica que habría horrorizado a cualquier cirujano: tomar la mano arrancada de Octavio —que Isa, con la presencia de ánimo práctica que la caracterizaba, había recogido y guardado— y volver a pegársela.

> ⁴ "Interesante" es una palabra que la gente usa para describir situaciones que preferiría no haber vivido.

El resultado no fue, estrictamente hablando, un éxito médico. La mano quedó más corta de lo que había sido originalmente, con los dedos apuntando en direcciones que la anatomía humana no suele contemplar. Parecía como si alguien hubiera intentado armar un guante usando las instrucciones de un mueble de Ikea.

Octavio la miró, flexionó los dedos chuecos, y sonrió.

—Esto es una ventaja —dijo.

Porque Octavio era boxeador, y un boxeador con una mano de largo impredecible es un boxeador cuyo oponente no puede calcular la distancia del golpe. Era la clase de lógica que solo funciona si uno no piensa demasiado en ella, que es exactamente la cantidad de pensamiento que Octavio le dedicaba a la mayoría de las cosas.

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Las criaturas voladoras llegaron como llegan todos los problemas en el desierto: sin aviso, en cantidad excesiva, y con intenciones claramente hostiles. Grifos, pterodáctilos, pájaros de especies que la taxonomía no ha tenido el placer de clasificar porque los taxónomos que los encuentran no suelen sobrevivir al encuentro.

La defensa fue ecléctica. Isa disparaba con una pistola desde el asiento del conductor —la francesa, lamentablemente, había muerto durante el primer asalto, lo cual resolvió el problema de la barrera idiomática de la manera más definitiva posible—. Octavio agarraba a las criaturas con las manos, incluyendo la chueca, y les retorcía el pescuezo con la eficiencia de quien ha desplumado gallinas toda la vida. Jaime usaba un machete, que es la herramienta universal colombiana para resolver cualquier problema que involucre algo que necesita ser cortado. Había también una Gatling montada en el Jeep, porque aparentemente los Jeep franceses del desierto vienen con prestaciones militares de serie.

Y aquí es donde la historia se vuelve específicamente colombiana, porque en lugar de dejar los cadáveres de las criaturas en el camino, como haría cualquier persona sensata, el grupo empezó a montarlos en el Jeep.

—Para el sancocho —explicó alguien, como si eso lo explicara todo.

Y en Colombia, lo explica.

Jaime, en un arrebato de entusiasmo cinegético, se agarró de una criatura voladora más grande que las demás. La criatura, como era de esperar, no se quedó quieta. Jaime desapareció hacia arriba, colgando de las garras de algo que parecía un águila diseñada por un comité de pesadillas.

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[![Untitled.jpg](https://wiki-orcus.rollinitiative.club/uploads/images/gallery/2026-04/scaled-1680-/Zjguntitled.jpg)](https://wiki-orcus.rollinitiative.club/uploads/images/gallery/2026-04/Zjguntitled.jpg)

Lo que pasó después fue culpa de la geografía. El desierto, que hasta ahora había sido razonablemente plano en su hostilidad, decidió añadir variedad topográfica en la forma de una duna que bajaba en un ángulo que las dunas no deberían tener. Noventa metros de pendiente que parecía diseñada por alguien que confundió "duna" con "acantilado".

El Jeep se fue por el borde.

Isa, al volante, hizo lo que pudo, que fue considerablemente más de lo que la física sugeriría como posible. El Jeep bajó la duna en una nube de arena, plumas y el tipo de gritos que la gente emite cuando está experimentando emociones para las que el vocabulario humano no tiene palabras adecuadas.

Las plumas de las criaturas muertas salieron volando del Jeep como una explosión en una fábrica de almohadas, mezclándose con la arena en una nube que, vista desde lejos, probablemente era bastante hermosa. Vista desde dentro del Jeep, era arena en los ojos, plumas en la boca, y la certeza absoluta de que el sancocho no iba a valer la pena.

Sobrevivieron, porque eso es lo que hacen los personajes de esta historia: sobreviven a cosas que no deberían haber encontrado en primer lugar, en un desierto al que llegaron desde otro plano de existencia, conduciendo un Jeep francés cargado de criaturas muertas, con una mano reattachada al revés y un compañero colgando de un pájaro gigante en algún lugar del cielo.

Era, todo considerado, un martes bastante normal.

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*Nota del narrador: Los eventos aquí descritos ocurrieron durante una sesión de prueba en la que el sistema de juego cambió de D&amp;D 5e a Pathfinder 2e, lo cual explica por qué la realidad misma pareció reiniciarse. O no lo explica en absoluto, que es básicamente lo mismo.*

# 03-04-2026 | De cómo un dracolisco murió de un solo golpe y tres colombianos inventaron una religión en el desierto

Hay cierto tipo de mañana que solo existe en los desiertos del norte de Marruecos, donde el aire huele a arena caliente y a decisiones cuestionables, y donde la línea entre la valentía y la estupidez es tan delgada que ni siquiera el sol se molesta en iluminarla.

Esta era una de esas mañanas.

Doscientos metros por encima del suelo, una criatura de ocho patas y quince pies de largo estaba teniendo el peor día de su vida. El dracolisco blanco se parecía a un dragón de la misma manera en que un primo segundo se parece a uno en las fotos familiares — la estructura general estaba ahí, pero los detalles estaban claramente mal. Donde un dragón tenía cuatro patas elegantes, esta cosa tenía ocho patas de basilisco que se movían con la urgencia torpe de alguien buscando el baño a las tres de la mañana. Donde un dragón tenía presencia, esta cosa tenía tonelada y media de mal genio, escamas blancas, y la capacidad de convertir gente en piedra con la mirada, que es el tipo de habilidad social que hace innecesaria cualquier otra.

Hasta hace tres segundos había gozado de la tranquila confianza de quien puede congelar y petrificar a voluntad. Entonces descubrió que existía un hombre con un poncho, una espada que brillaba como si alguien le hubiera echado gasolina sagrada, y absolutamente ningún interés en negociar.

Jaime levantó la espada y conectó un golpe que sonó como el fin de una discusión\*.

El dracolisco quedó, en términos que un carnicero de la Minorista habría entendido perfectamente, vuelto absolutamente picha. Sangrando, en llamas, brillando con una luz que no presagiaba nada bueno para nadie.

*\\*La espada llevaba inscripciones que no eran exactamente de origen celestial. Pero Jaime no era un hombre que se preocupara por los detalles teológicos, siempre y cuando los resultados fueran contundentes.\*

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Abajo, a doscientos metros verticales de distancia — que es una forma elegante de decir "en el piso" — Isabel yacía inconsciente con un cabrillazo estampado en la frente — el tipo de marca que deja una cabra cuando decide que tu cara es el problema y su cabeza es la solución.

Otavito contempló la situación. Estaba en el suelo. El dracolisco estaba a doscientos metros. Otavito tenía una piedra. La matemática era desfavorable, pero la matemática nunca había sido un factor determinante en las decisiones de Otavito.

La piedra salió a la puta mierda. Ni cerquita, güevón.

Alcanzó otra piedra.

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El dracolisco murió en el aire, que es un lugar espectacularmente inconveniente para morirse si pesás tonelada y media y tenés ocho patas que de repente no sirven para nada. Jaime, que estaba encima de la criatura en el momento del deceso, comenzó a caer con la serenidad de un hombre que sabe algo que los demás no saben.

![jaime_descent](https://wiki-orcus.rollinitiative.club/uploads/images/gallery/2026-04/AbXjaime-descent.png)

Se dejó caer cinco segundos. Seis. Siete. El suelo se acercaba con la insistencia de un cobrador de servicios públicos.

Entonces, debajo del poncho — ocultas por un anillo que las hacía parecer tela corriente — se desplegaron un par de alas de sombra morada, y Jaime descendió con la elegancia de alguien que llega tarde a misa pero quiere que todos lo vean entrar.

Aterrizó al lado del cadáver, se sacudió el polvo del poncho, y anunció:

*"Mira pues pa'l sancocho."*

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Lo que siguió fue un ejercicio de logística que habría hecho llorar a cualquier general del Eje y de los Aliados por igual.

Cargaron en un Jeep destrozado: cuarenta y cinco pollos gigantes, pterodáctilos, hipogrifos, un dracolisco muerto, y el cuerpo de una mujer fallecida, este último con cierto nivel de respeto y los anteriores con ninguno.

Entre el botín encontraron un durazno celestial capaz de regenerar miembros perdidos, valorado en una suma que habría cubierto el salario anual de varias personas decentes. Jaime y Otavito se lo comieron ahí mismo, borrachos, sentados sobre el cadáver.

*"Todo hay que usarlo ahí mismo,"* explicó Jaime. *"Porque nos lo roban."*

Isabel, que seguía inconsciente, no pudo objetar.

Después, en un acto de cirugía que habría escandalizado a cualquier profesional médico y a varios carniceros, Jaime le cortó la mano mala a Otavito con el machete para que el durazno la regenerara. Otavito accedió después de un fondo blanco de aguardiente con Tang. La mano volvió a crecer, pero quedó *malita* — como un juguete pegado por un niño con más entusiasmo que habilidad.

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Isabel, al despertar, evaluó la situación con la eficiencia fría de quien lleva demasiado tiempo trabajando con imbéciles. Había un Jeep sobrecargado, un dracolisco muerto, dos compañeros borrachos, y un mapa que indicaba una base al norte. Se sentó al volante y condujo.

No debió haberse desmayado.

Porque mientras estuvo inconsciente, Jaime había agarrado el volante, y en lugar de conducir hacia el norte — donde estaba la misión, el objetivo, la razón por la que existían — había conducido hacia un pueblo berber en medio de la nada.

*"Estábamos esperando a que te recuperaras,"* ofreció Jaime como explicación.

Isabel miró el pueblo. Miró a Jaime. Miró los cuatro días que faltaban en su calendario.

*"¿Cuatro días?"* Isabel señaló los restos de lo que claramente había sido una fiesta de proporciones bíblicas. Ollas vacías. Botellas de aguardiente formando una pirámide decorativa. Un berberisco dormido contra un muro con una sonrisa que sugería que los últimos cuatro días habían sido los mejores de su vida.

*"Se pusieron buenos, parce. Vos no viste."*

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Lo que había pasado en el pueblo berber merece ser contado con el respeto que merece cualquier desastre natural.

![dm_fandango](https://wiki-orcus.rollinitiative.club/uploads/images/gallery/2026-04/PEadm-fandango.png)

El pueblo era pequeño. Tan pequeño que cuando el Jeep militar apareció en el horizonte, los habitantes trataron de huir pero no tenían para dónde correr. Eran berberiscos del norte de Marruecos — gente de turbante y fe, que hablaba su propia lengua y francés como segundo idioma porque Vichy Francia lo exigía, y que le tenía más miedo a los vehículos militares que a las tormentas de arena, lo cual decía mucho sobre lo que la guerra les había enseñado.

Jaime se bajó del Jeep, les dedicó una sonrisa que en circunstancias normales habría sido encantadora y en estas circunstancias fue aterradora, y procedió a hacer lo que mejor sabía hacer: convencer a gente de que todo iba a estar bien.

Lo que los berberiscos no sabían — y no podían haber sabido, porque el universo no prepara a nadie para esto — es que estos tres colombianos venían con suministros ilimitados. Trago ilimitado. Comida ilimitada. El agua de los dioses de Antioquia en cantidades industriales, ofrecida a gente que llevaba semanas deshidratada y hambrienta en un desierto en guerra.

La hospitalidad musulmana dicta que al huésped se le da todo. Los berberiscos cumplieron: sacaron los trajes que habían guardado para las bodas, las túnicas ceremoniales que solo existían para los momentos más sagrados de la vida, y se los dieron a estos extraños. Turbantes envueltos con cuidado, ropas que olían a naftalina y a promesas antiguas. Regalos que significaban todo para gente que no tenía nada.

A cambio, los colombianos les dieron una fiesta que el desierto no había visto jamás y que, con algo de suerte, no volvería a ver.

El fandango duró cuatro días.

Los berberiscos tuvieron que turnarse por equipos — *tag team*, como en la lucha libre — porque ningún ser humano normal podía mantener el ritmo de tres personas con resistencia sobrenatural y una botella de aguardiente que no se acababa nunca. Alguien encontró una narguila en una casa abandonada. Alguien más trajo música. Otavito, que en otra vida habría sido musicólogo, fue consultado sobre los instrumentos berberiscos y ofreció que probablemente eran *"cualquier cosa creada con vejigas de camello"*, lo cual era técnicamente impreciso pero espiritualmente correcto.

Isabel, que era la persona más moralmente recta del grupo, se dejó corromper. Recordó sus días de barda. Bailó. Esto fue más alarmante que cualquier cosa que hubiera hecho el dracolisco.

El paralelo no se le escapó a nadie que estuviera lo suficientemente sobrio para notarlo: esta gente vivía como los pelados de Medellín en los años de las bombas. *Haga lo que le dé la puta gana que igual me voy a morir de una.* Los berberiscos habían adoptado la misma filosofía — la guerra podía matarlos mañana, así que esta noche iban a bailar con los extraños que trajeron aguardiente del cielo.

Al tercer día, Otavito empezó a parpadear mucho. Al cuarto, estaba perdiendo la batalla contra el sueño. Jaime, que tenía un talento natural para la ingeniería social, organizó oleadas de berberiscos para que le sirvieran tragos a Otavito cada vez que intentaba cerrar los ojos. *"Tómese un traguito, don."* Otavito aguantó hasta que no aguantó más. Lo último que vio antes de caer fue a Jaime, recostado contra un muro con una copita de guaro y la mirada de un hombre que está planeando todas las maldades del mundo.

Cuando Otavito despertó, le faltaba una ceja.

Jaime le había enseñado a un berberisco cómo ponerse el turbante con paciencia y cuidado, enrollando cada capa como quien envuelve un regalo. Otavito intentó ponerse el suyo borracho, se le cayó tres veces, y al final un señor mayor lo vistió con la resignación cariñosa de un padre vistiendo a un hijo que no quiere ir al colegio. El turbante duró quince minutos.

Lo que dejaron atrás, cuando Isabel finalmente despertó y arrancó el Jeep sin decir una palabra, fue algo difícil de nombrar. Un pueblo berberisco en medio de una guerra mundial que por cuatro días se había olvidado de que estaba en una guerra mundial. Gente que bailó con ropa de bodas que nunca habían usado. Sancocho de hipogrifo compartido con personas que no sabían qué era un hipogrifo ni un sancocho. Un intercambio cultural que incluía, según Otavito, *"los pasos prohibidos"* y *"una nueva religión que nació aquí"*.

*"Salvamos al mundo,"* declaró Jaime desde el asiento trasero, con un turbante berber que le quedaba impecable. *"Trajimos esperanza a los abandonados. Dimos comida a los desamparados."*

Isabel no contestó. Conducía hacia el norte con la mandíbula apretada y la mirada fija en el horizonte. Otavito tenía dibujos en la cara, le faltaba una ceja, y estaba vestido con ropa ceremonial berber que se le veía ridícula. No lo sabía. Jaime lo sabía. El desierto lo sabía. Pero a veces hay verdades que pueden esperar.

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El humo apareció donde debería haber estado la base del Colectivo Fénix.

Isabel frenó el Jeep. En las ruinas de lo que alguna vez fue un asentamiento, figuras de metal se movían entre los escombros. Soldados. Constructos. Armadura articulada, rifles, y un insignia que se parecía a la piedra de poder que el grupo cargaba, pero rota.

*"Señores, prepárense pues, que aquí hay soldados del Instituto."*

Otavito pidió un fresquito para prepararse. Isabel sacó el cargador de su pistola, lo revisó, y lo volvió a meter sin decir nada más.

Lo que siguió fue el tipo de pelea que ningún manual militar ha contemplado y que ningún manual militar debería contemplar.

Eran muchos. Demasiados. De metal. Con rifles. En terreno elevado. Los constructos tenían la ventaja numérica, posicional, material y lógica. El grupo tenía a tres colombianos con resaca vestidos de berberiscos.

A Isabel le pegaron un tiro en el cuello. Cayó al borde de la muerte con una expresión que sugería que morir le molestaba menos que la compañía. Jaime corrió hacia ella, dudó un instante — era Isabel, y había protocolos — y le puso la mano en el cuello para traerla de vuelta. Ella despertó escupiendo arena.

*"Cuando yo era pequeña hacía lo mismo,"* le dijo a Otavito mientras lo veía fallar tres golpes seguidos. *"Azotaba el suelo."*

Lo que pasó después es difícil de explicar en términos que la física aceptaría.

![otavito_rage](https://wiki-orcus.rollinitiative.club/uploads/images/gallery/2026-04/jAvotavito-rage.png)

Otavito ya estaba en furia. Esto era normal. Otavito en furia era como el clima en Medellín: impredecible, frecuente, y generalmente húmedo. Pero cuando vio a Isabel caer con la bala en el cuello, algo cambió. Algo se rompió detrás de los ojos, o se prendió, o ambas cosas al mismo tiempo.

*"¡Jaime, güevón, le pegaron a la niña!"*

Y Otavito creció.

No metafóricamente. No espiritualmente. Otavito, hijo de don Otavio, se hizo más grande. Los músculos se inflaron como si alguien estuviera llenando un globo de carne y furia. La ropa berber ceremonial — que los berberiscos le habían dado con cariño y que Otavito había recibido con respeto — crujió en las costuras. La rabia tenía rabia, y la rabia de la rabia tenía un objetivo.

*"¡Pégate aquí, gonorrea!"*

Tomás Herrera — un aliado mexicano que había cometido el error estratégico de unirse a este grupo — fue empujado de un risco. Su *"¡Hijueputa!"* resonó con acento chilango a través del cañón, lo cual le quitó gravedad y le añadió una gracia que él no habría apreciado.

La batalla se extendió horas. Isabel visitó el suelo por tercera vez. Otavito fue agarrado del cuello por el constructo más grande y dejó de respirar con la dignidad mínima de quien ya esperaba que algo así pasara. Isabel lo estabilizó con las dos manos y la mitad del vocabulario soez del departamento de Antioquia. Jaime cayó también. Se levantó. Cayó de nuevo. Hizo un trato rápido con alguien que no estaba visible y se volvió a levantar.

El golpe final fue colectivo: la espada abrió la armadura, la piedra de Otavito la rompió al grito de *"¡Segovia, hijueputa!"*, y la bala de Isabel le puso punto final. El constructo colapsó con un brillo extraño — el mismo aura de pluma de fénix que habían visto con el dracolisco.

De treinta miembros del Colectivo Fénix, quedaban dos vivos.

El botín fue un rifle oxidado que se desarmaba al mirarlo. Otavito lo levantó con dos dedos, como quien recoge un pañuelo sucio en la calle, y lo volvió a soltar.

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Esa noche, entre escombros y cadáveres de metal, compartieron chorizo y aguardiente con Farruk, el último líder del Colectivo Fénix que seguía respirando. Intentaron explicar quiénes eran. Fue como intentar explicar un terremoto a alguien que nunca ha sentido el suelo moverse.

*"¿Por qué son tan fuertes?"*

*"¿Guaro? ¿Guaro y Antioquia?"*

Farruk, que era un hombre razonable y por lo tanto completamente fuera de su elemento, preparó una hookah con hierbas de ayahuasca. El sancocho fue condimentado con algo que ningún chef habría aprobado. Lo que siguió no fue exactamente un viaje espiritual y no fue exactamente un sueño, sino algo intermedio que olía a azufre y a verdades que uno preferiría no saber.

Otavito vio cosas que no quería ver. El kenkú que se había comido. La pierna de su hermano. Plumas atascándose en su garganta. Pero entonces llegó la voz de Andrea, tranquila como un domingo en Envigado: *"Vaya, vaya papi, que nadie lo está viendo."* Y al final del camino encontró morcilla. Morcilla que olía a azufre, pero morcilla al fin. Una garra le apretó el hombro con el tipo de cariño que tiene dientes, y una voz dijo: *"Este es mi muchacho."*

![isabel_vision](https://wiki-orcus.rollinitiative.club/uploads/images/gallery/2026-04/x2yisabel-vision.png)

Jaime vio a Yusra. La bárbara pelirroja que — bueno. Lo que pasó entre Jaime y Yusra había pasado entre Jaime y Yusra, y el narrador omnisciente tiene la decencia de no entrar en detalles que ninguna de las partes solicitó. Ella sonreía como quien sabe cosas que uno no debería querer saber. Pero entonces la visión cambió: el Hojarasquín trajo a alguien de vuelta. Nethitor. La clériga de Bastet. Garras suaves aparecieron sobre el hombro de Yusra — no garras de demonio sino garritas de gato, las garras de quien sirve a la diosa felina. Jaime las reconoció. *"La muerte no es un muro,"* dijo una voz. *"Es una puerta. Vos sabés cómo abrir puertas."*

Isabel no pudo descansar. Su fe se rompió y se rearmó como un hueso mal soldado. Vio a su mamá. A sus hermanas. La pobreza que había dejado atrás y que nunca la había dejado a ella. El Hojarasquín le dio una silla incómoda porque sabía que Isabel no necesitaba descanso sino tiempo para pensar. Y le mostró la verdad: la Tierra era una bóveda sagrada dentro de un multiverso, y alguien la había roto. Un sueco pendejo en el siglo XIX encontró tres entidades primordiales y decidió que controlarlas era buena idea. Fundó el Instituto. Vecna se coló por la grieta y estaba robando almas de soldados de la guerra mediante un ritual masivo. El Arcángel Miguel estaba prisionero, y su aura de rectitud estaba siendo usada para alimentar el fanatismo que prendía fuego al mundo. Había parágonos corruptos — aberraciones, monstruosidades, dragones, plantas, bestias, humanoides — que debían caer antes de que un reloj de cinco mil años terminara de contar.

Isabel se despertó con el tipo de dolor de cabeza que da saber demasiado y no poder hacer lo suficiente.

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Al día siguiente, en una habitación llena de mapas de todo tipo — tácticos, topográficos, uno que parecía dibujado por un niño con crayones y que resultó ser el más preciso — Farruk les explicó lo que los esperaba en las ruinas bombardeadas del centro de comunicaciones del Instituto.

Lo llamaban La Primera Máquina.

Tres metros de hierro negro articulado con la forma aproximada de una armadura diseñada por alguien que odiaba a la humanidad en general y a la ergonomía en particular. No respiraba, no sangraba, no sentía, no se cansaba, no se envenenaba, no se paralizaba, no se curaba y no se moría fácilmente. Resistía todo lo físico excepto el adamantino, y todo lo mágico excepto el ácido y el óxido. Exhalaba gas venenoso. Y cuando caminaba hacia vos, no se detenía — vos te quitabas o vos dejabas de existir.

*"Pero güevón, ¿cómo le vamos a ganar?"*

Otavito se quedó pensando. Era el tipo de pensamiento que en otra persona habría producido contingencias y puntos de retirada.

*"Es vulnerable al óxido. Llevémoslo pa' Barranquilla."*

Nadie se rio. O todos se rieron. En este grupo era difícil distinguir.

Farruk les entregó un colgante con una pluma de fénix. A partir de ahora, lo que mataran dejaría equipo útil. Era, en términos prácticos, una mejora sustancial. En términos espirituales, significaba que alguien allá arriba — o allá abajo, dependiendo de a quién le rezaras — había decidido que este grupo necesitaba mejor armamento.

Lo cual, considerando lo que los esperaba adentro, era menos un regalo y más un pésame anticipado.

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Continuará

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> ***Notas del narrador omnisciente, que a diferencia del DM sí es justo:***
> 
> *Se le recuerda al lector que el dracolisco blanco — una criatura con ocho patas, aliento congelante, y la capacidad de convertir gente en piedra — murió en el primer golpe de la sesión. El DM había preparado este encuentro con cariño. Con ilusión. Con estadísticas cuidadosamente balanceadas. JuanDa dijo en voz baja "primera tira de la sesión, un 20, eso nunca es bueno", y tenía razón, pero no para la gente que él quería que no fuera bueno.*
> 
> *Se le recuerda también que el desvío de cuatro días al pueblo berber no estaba en ningún plan. El grupo debía ir al norte. Jaime agarró el volante mientras Isabel estaba inconsciente y condujo en la dirección equivocada. El DM, que es un hombre de infinita paciencia y finita cordura, improvisó un pueblo entero, una cultura, una fiesta, ropas ceremoniales, y un intercambio diplomático-etílico entre Colombia y el norte de África, en tiempo real, porque sus jugadores decidieron que la misión podía esperar pero el sancocho no.*
> 
> *Se le recuerda que Isabel cayó inconsciente tres veces en una sola sesión. Tres. La investigadora con pistolas, la única heroína tradicional del grupo, visitó el piso con la frecuencia de alguien que tiene un abono. El DM no inventó esto. Los dados lo inventaron. El DM simplemente narró cada caída con un nivel de detalle que sugiere que lo estaba disfrutando.*
> 
> *Se le recuerda que Otavito se comió un durazno de cuatro mil piezas de oro como snack de borrachera, que le cortaron la mano con un machete y se la pegaron mal, que le raparon una ceja mientras dormía, que le pintaron la cara, y que en ningún momento dejó de planear el menú del sancocho. Las prioridades de Otavito no son las prioridades de una persona funcional. Son mejores.*
> 
> *Se le recuerda que La Primera Máquina es nivel catorce y ellos son nivel once, que es inmune a prácticamente todo lo que este grupo sabe hacer, y que la mejor estrategia que se les ocurrió fue llevarla a Barranquilla para que se oxide. El DM puso esto al final de la sesión con la sonrisa tranquila de un hombre que sabe que la próxima sesión va a ser muy, muy divertida.*
> 
> *Para él.*

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Publicado: 2026-04-08 | Generado con Claude Code + Whisper + Gemini NB2

# 17-04-2026 | Sesion 20260417 - C47 y el Primer Motor

Hay varias cosas que el diseño de los aviones da por sentadas, y una de ellas —silenciosamente pero con consecuencias— es que quien suba a uno tiene intención de moverse hacia adelante. La reversa, esa cortesía que los automovilistas consumen sin pensar, no figura en la ingeniería aeronáutica por razones que parecen obvias hasta que uno está tratando de sacar un C-47 de un hangar sin que el morro se lleve la pared de enfrente.

Farruk les había regalado el aparato con la cortesía cansada de quien entrega juguetes peligrosos a gente que probablemente los va a usar contra el enemigo correcto. El C-47 llevaba modificaciones no documentadas, permisos en regla para todo el espacio aéreo aliado, y una resistencia vaga a la magia —no inmunidad, aclaró Farruk, como quien subraya un pie de página legal— que nadie del grupo pensaba poner a prueba a conciencia. Había también una misión: volar a Alemania, infiltrarse en la sede europea del Instituto para el Mejoramiento Humano, y enfrentarse al **parrandón de los constructos**, que era el término que Otavito había fijado con cemento para referirse a los arquetipos cósmicos corrompidos y que nadie tenía ya la energía de corregir.

> ¹ En la literatura comparada de las conspiraciones, el apelativo cariñoso suele preceder al exterminio. Los rusos llamaron *tío* a Stalin durante tres décadas; los franceses se dirigieron a la guillotina con un sustantivo femenino. Llamar *parrandón* a un Primero primordial corrompido se inscribe dentro de esta tradición con orgullo.

Los preparativos ocurrieron dentro del orden austero que dictan dos noches de sueño reparador: Jaime y Otavito desmantelaron el jeep bajo la supervisión severa de Isa, quien se sentó aparte a examinar la lágrima de cristal con la concentración de quien lee las cuentas de otra persona. Descubrió, con una calma que no dejó ver a los otros dos, que aproximadamente un cuarto de la esencia del cristal había sido consumido por un vacío oscuro que bloqueaba el reparto del poder. Descubrió además, con la serenidad de quien archiva información que ya no puede devolver, que la lágrima tenía preferencias, y que esas preferencias, por razones que ni Isa ni el cristal explicaban, se limitaban a los humanos. Jaime, entretanto, deliberó sobre el destino de Netitor, la gata, y terminó confiándosela a Yurra, quien prometió cuidarla *muy bien* con una entonación que a Jaime le habría parecido inquietante si Jaime fuera el tipo de hombre que se detiene a escuchar entonaciones.

Otavito encontró cuatrocientos gramos de chocolate mexicano entre las pertenencias del difunto Tomás, lo guardó para el viaje, y así se asignaron las provisiones morales. Desde que habían encontrado las dos coronas gemelas en la cueva del sancocho, Jaime y Otavito se llamaban mutuamente *mi rey* con la solemnidad de dos funcionarios públicos que han descubierto, tarde en la vida, que el respeto protocolar es gratis.

El despegue fue un evento pedagógico. Otavito giró la llave, tiró de varias palancas en el orden que le pareció más razonable, y descubrió —con el pánico controlado de quien hace descubrimientos tarde— que los aviones no tienen reversa. La cueva marroquí en la que estaban estacionados, por su parte, tampoco tenía la decencia arquitectónica de ser recta. Resolvieron la crisis empleando la técnica colombiana universal aplicable a cualquier vehículo que se niega a cooperar: Jaime se bajó, se plantó contra el morro del avión, y empujó hacia atrás. El C-47 retrocedió del hangar en reversa, centímetro a centímetro, arrastrado al revés por la palanca humana de Jaime Jaramillo, que a esa altura de la campaña ya era una categoría estructural del universo. Bautizaron al aparato **Charola 2** por votación apresurada. Isa anunció que le buscaría un mejor nombre con más tiempo, promesa que tenía la misma solidez operativa que las promesas electorales.

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Pasados cinco minutos desde el despegue, cuando la costa marroquí todavía se distinguía abajo como una línea terrosa contra el mar, el motor tosió, y la radio estalló con la voz de Farruk desde la cueva que acababan de abandonar, urgente pero con la paciencia del que ha tenido que enseñarle lo mismo a más de un piloto en su vida: *Isa, el tren de aterrizaje. Subilo. Con ese peso abajo te vas a quedar sin combustible antes del primer mar.* Isa obedeció. El motor dejó de toser. Isa sacó un lápiz del bolsillo y escribió directamente sobre el tablero del avión, con letra grande y sin ambigüedades, las palabras *bajarlas antes de aterrizar*, porque las notas mentales, como la experiencia le había demostrado en dos desmayos y un dracolisco, tenían la costumbre molesta de evaporarse en el momento exacto en que se las necesitaba, y el tablero, en cambio, no pensaba ir a ninguna parte.

Dos semanas de viaje — que no son dos semanas de vuelo, porque nadie sobrevuela una Europa de mil novecientos cuarenta y dos sin hacer escalas, meter gasolina en aeródromos clandestinos, esperar noches enteras a que un frente bajo se aburra y se vaya, y negociar con aduaneros neutrales a punta de billetes de varias monedas a la vez — pueden comprimirse, si uno es honesto, en cuatro imágenes. Despegaron el martes veintiocho de abril y bordearon primero la costa mediterránea de una Francia cortada por la mitad: al sur los campos dorados de Vichy, aliada nominal del Eje y recelosa de todo lo que volara sin bandera; al norte una ocupación alemana que ese año todavía se creía invencible. Cruzaron de noche, con los conjuros de camuflaje de Isa tejidos por capas sobre el fuselaje — uno para que los radares dudaran, otro para que los pilotos alemanes vieran lo que querían ver, un tercero por superstición metodológica —, y siguieron hacia el este por una Europa que se iba haciendo más gris a cada ventanilla.

La primera imagen: Isa, con la paciencia de una institutriz victoriana ganando un sueldo insuficiente, poniendo a Jaime y a Otavito a pintar nubes sobre cartulina para que los dos reyes tuvieran algo que hacer mientras el avión atravesaba el sur francés a velocidad de rumia. La segunda imagen, y ésta merece detalle: el C-47 tenía una taza de baño con trampilla al vacío — un diseño económico que la ingeniería aeronáutica aliada justificaba por razones de peso y que en la práctica convertía a cada tripulante en un bombardero de precisión voluntaria. Desde esa taza, Jaime y Otavito asomaron las dignidades respectivas sobre un potrero francés lleno de vacas rumiantes que pastaban con la indiferencia bovina hacia la geopolítica continental. Isa, cómplice desde la cabina, hizo descender el avión a una altura que los manuales de vuelo aliados describirían después como *fluctuaciones atmosféricas menores* y el resto del mundo describiría como *volando bajito para que los dos reyes no se aburrieran en el viaje*. La competencia — no de lanzar boñiga, sino de entregarla personalmente, que son dos disciplinas atléticas completamente distintas — la ganó Otavito por ventaja anatómica incontestable. Las vacas, al recibir el obsequio, continuaron rumiando con ese ánimo estable que no distingue entre un meteoro, un misil, y una ofensa personal colombiana.

La tercera imagen: el avión deslizándose sobre la Alsacia de mayo, con Jaime en la ventanilla izquierda anotando columnas de humo y puentes voladizos en una libreta de cuero con el rigor de un corresponsal que va a presentar cuentas a alguien importante. La cuarta: los tres comiendo banchan coreano, pescado japonés y curries varios con la cortesía displicente de quien no ha reflexionado demasiado sobre la procedencia de la despensa — veintiocho cadáveres que habían sido generosos sin saberlo, porque los muertos, en general, no tienen mucho control sobre su cocina internacional².

> ² Los tratados de etiqueta militar consignan que el hambre es el único tribunal que dictamina sin apelación sobre el origen de las provisiones. El estómago, en estos casos, se adelanta a la conciencia por una cabeza; y la conciencia, que es lenta por diseño, suele llegar cuando ya no hay nada que pueda hacer.

Aterrizaron el domingo quince de mayo de mil novecientos cuarenta y dos, doce grados, soleado —Isa clavó los flaps y las ruedas con una concentración que honraba la nota mental archivada dos semanas antes— y descargaron el jeep sobre un paisaje alemán cuya belleza pastoral contrastaba mal con el rectángulo arrasado que se veía a un kilómetro de distancia: ochenta por cien metros de hormigón y hierro desfigurados por un bombardeo reciente. Isa preparó discretamente los conjuros de camuflaje. Repartió también los juguitos verdosos que había destilado la semana anterior, con la eficiencia administrativa de una enfermera repartiendo vitaminas a dos adultos que se habían ofrecido como voluntarios para las vitaminas sin leer el prospecto.

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El ascensor estaba atascado por los escombros. Otavito y Jaime forzaron la puerta con la coordinación torpe de dos personas que han decidido empujar al mismo tiempo sin ponerse de acuerdo sobre cuál es *el mismo tiempo*, y la puerta cedió con la clase de chirrido que las puertas usan para manifestar su descontento administrativo. Dentro, el aire era más frío y olía a algo que Isa identificó después de respirarlo tres veces contra su voluntad: el bombardeo no había sido el ataque, había sido la consecuencia de un ataque anterior, químico y biológico, del cual quedaba como herencia un tufo dulzón de carne podrida y un resabio ácido en los dientes.

Otavito, que había sido formado en la tradición culinaria según la cual la cocina es simplemente química aplicada a materia orgánica con buenas intenciones, reconoció los procesos industriales del lugar con la naturalidad de quien entra en una cocina ajena. El Instituto cocinaba. Eso era lo que hacía el Instituto. Cocinaba gente, con intercambiadores de calor, con bandas transportadoras, con hornos que no eran exactamente hornos; y el resultado de esa cocina —eso lo intuyó Otavito sin decirlo, porque decirlo habría requerido un vocabulario que ni él ni la lengua colombiana tenían disponible— era aquello que ahora se estaba ensamblando solo sobre una banda transportadora semi-steampunk, constructos humanoides todavía incompletos, quietos, esperando algo que la narrativa no les iba a conceder.

Debajo de una rejilla pulsaba una piscina. Isa la miró más tiempo del que recomendaba la cordura y dedujo que funcionaba como intercambiador de calor, con puntos calientes azul oscuro regulados por procesos que preferiría no conocer. La niebla que flotaba en el aire, con una densidad ligeramente rosácea que sólo se notaba contra las luces de emergencia, era sangre humana vaporizada. Isa no se lo mencionó a los otros dos. Había decidido, algún tiempo atrás, que la función del adulto del grupo era administrar qué información se suministra a qué hora, y la información *la niebla es gente* podía esperar.

Otavito y Jaime bajaron a la banda, ocho metros, Jaime amortiguando con una agilidad que ya no sorprendía a nadie. Avanzaron hacia una puerta de acero marcada con advertencias en alemán y un campo electromagnético discreto. Otavito la abrió suavemente, como quien destapa una olla en casa ajena, y encontró un generador enorme, algo que parecía una estación de arenado industrial, y el núcleo que —según habían deducido— mantenía operativo al **parrandón de las máquinas**. Otavito, fiel a su filosofía interna, seguía vendiendo la incursión como una fiesta-sorpresa para las máquinas dormidas.

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El núcleo había sido diseñado por un ingeniero del Instituto cuya principal virtud profesional, aparentemente, había sido odiar a sus colegas. Sólo una persona podía operarlo desde dentro; los manuales de instrucciones estaban afuera, con el operador externo, y para desactivarlo había que coordinar cuatro módulos independientes bajo un cronómetro poco generoso. Isa entró sola. Jaime se quedó como operador con los manuales en las manos. Otavito, que no tenía asignación específica, decidió que la mejor contribución al colectivo en ese momento era no estorbar, lo cual en su caso significó salir al aire libre alemán con un balde improvisado y montar un puesto de chorizos de la 37³.

> ³ Existe una tradición, consignada por varios antropólogos que prefieren no firmar sus estudios, según la cual el cocinero colombiano desplazado a un entorno hostil levanta primero un puesto de chorizos y después se entera de dónde está. La tradición es imprecisa en sus detalles pero consistente en sus resultados.

Lo que ocurrió a continuación ocurrió en dos planos simultáneos. Adentro, en un cuarto de paredes frías, Jaime cortaba cables según colores que Isa le iba dictando desde el pasillo donde había encontrado el manual del módulo — el cinco, no el seis, **el cinco**, mi rey —, resolvía flechas que señalaban direcciones contradictorias, y enfrentaba una matriz tres por tres que exigía ordenar caracteres bajo una lógica interna diseñada para ser humillante. Isa le iba traduciendo al oído, con la paciencia bibliotecaria de quien ha leído muchos manuales alemanes en su vida, letras y números en la sucesión que el diagrama indicaba: E, R, seis, siete, cuatro, jota. Jaime cortaba y rotaba y presionaba sin entender del todo por qué la matriz no respondía. El reloj del primer intento se acabó. El cuarto quedó *trackeándolo* —palabra que el manual alemán había tomado prestada del inglés industrial con el mismo entusiasmo con que la burocracia toma prestados verbos que no le pertenecen— y que significaba, más o menos, *te estoy marcando como sospechoso*.

Afuera, Otavito ondeaba una bandera hecha de chorizo sobre un palo al aire frío alemán y le gritaba al viento:

—¡Chorizo, chorizo de la 37, venga, mi rey! —lo cual, dado que no había clientes humanos en varios kilómetros a la redonda, tenía un cariz religioso.

El segundo intento salió mejor. Isa dictó el código del módulo siguiente —cuatro, ka, tres, pe, nueve, tres, ene, eme, tres— con la precisión de quien ha comprendido, tarde pero con gratitud, que la salvación del planeta dependía de su capacidad para deletrear en voz alta sin equivocarse. Jaime navegó las cinco reglas condicionales del último módulo con los dedos temblorosos por el frío y por algo más que el frío. El módulo cedió. El campo electromagnético dejó de concentrarse en el núcleo y empezó a repartirse por todo el búnker como una humedad cósmica. Adentro, Jaime exhaló. Afuera, Otavito vendió un chorizo imaginario al aire y lo cobró también imaginario.

Todas las luces se apagaron al mismo tiempo, con esa sincronía administrativa que sólo logran los sistemas que llevan décadas esperando una excusa.

Jaime e Isa activaron los anteojos de obsidiana labrada que les permitían ver en la oscuridad durante aproximadamente una hora. Otavito, que no tenía anteojos pero tenía una paciencia colombiana probada, se quedó ciego con dignidad. Jaime desenvainó una espada cuya runa iluminadora se encendió con un resplandor que en otras circunstancias habría sido poético y en esta era meramente funcional. Isa, con los ojos adaptados, identificó el sistema de ventilación sellado y sus dos manivelas oxidadas, y consultó mentalmente si activarlas era buena idea mediante un conjuro adivinatorio menor. La respuesta que le devolvió la consulta fue, literalmente, **nada**, lo cual en la jerga pseudo-académica de los oráculos es peor que una respuesta negativa⁴.

> ⁴ Los oráculos, consignan los tratados medievales, tienen cuatro respuestas posibles: *sí*, *no*, *depende*, y *el universo no tiene opinión sobre su pregunta, joven*. La cuarta es la más honesta y la menos útil.

Isa activó las manivelas de todos modos. Los gases nauseabundos del primer piso se evacuaron con un soplido largo. Subieron por los puentes al siguiente nivel, donde Otavito descubrió un montacargas abandonado y se montó encima con la alegría infantil de quien ha encontrado, en medio de una fábrica de horrores, un juguete que todavía funciona.

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La puerta siguiente Isa la revisó por trampas y la abrió con la cautela profesional de quien ya ha aprendido a desconfiar del hardware alemán. Por la rendija no salió una criatura sino un enjambre: docenas de calaveras humanas flotando en formación cerrada, chasqueando mandíbulas entre sí con una sincronía industrial — el bestiario del Instituto las catalogaba como *clacking skull swarm* en la jerga de manual que los constructos preferían, porque las cosas parecen tener más autoridad cuando uno las nombra en inglés. El enjambre emitió un grito coral cuyo propósito principal, evidentemente, era suspender temporalmente la voluntad de seguir vivo. Isa lo recibió de frente. Otavito lo recibió parcialmente. Jaime, por razones que el narrador no pretende explicar, resultó inmune al espanto: es posible que ya no tuviera capacidad emocional disponible para el miedo después de varias sesiones seguidas.

Otavito se dejó caer en la furia precisa de alguien cuyo sistema nervioso tiene instrucciones claras al respecto, y se puso la gorra cajetica de Pilsen —que, a los efectos de la ficción y de una realeza compartida, funcionaba también como corona, amplificaba el tamaño de quien la llevaba, y tenía bordadas encima las palabras *mi rey*—. La gorra lo agrandó hasta un tamaño que sorprendió incluso al pasillo. Jaime, con una sincronicidad protocolar, desenfundó su propia corona —una diadema metálica ochentera que había pertenecido a un rey olvidado cuya historia nadie tenía tiempo de contar— y, con un gesto que en términos metafísicos se describe como *prestar el cuerpo*, conectó su vida con la de Isa para repartirse las heridas entre los dos⁵.

> ⁵ La hermandad, cuando se ejecuta con suficiente convicción, funciona como un sistema redundante de almacenamiento de heridas. Es también, en algunos casos documentados, la única razón por la que dos personas llegan juntas al final de una semana mala.

De la sombra de Isa emergió otra sombra, porque el universo tiene un sentido del humor particular, y le clavó un golpe que se repartió entre los dos hermanos con la imparcialidad de una herencia mal resuelta. Isa quedó debilitada —enferma hasta los huesos, sin fuerza en los brazos, con la mirada concentrada en el hecho administrativo de seguir existiendo—. Otavito falló tres golpes seguidos contra el enjambre de dientes, lo cual, considerado estadísticamente, era casi una proeza. Jaime activó un traje blindado que lo dejó inmovilizado pero protegido, falló la salvación inicial, la repitió con la necedad de quien se niega a aceptar un primer veredicto, y el universo, por una vez, cedió con una generosidad rara, convirtiendo lo que iba a ser un desastre en un golpe certero.

En medio de todo eso —con la sangre en el pasillo, el enjambre de calaveras flotando en formación ligeramente confundida, Otavito agrandado ocupando cuatro veces el espacio razonable, y el traje de Jaime chirriando mientras él intentaba desbloquearlo— Isa alzó una cantimplora hacia Jaime, que estaba a tres metros y a una dimensión metafísica de distancia, y dijo con los labios pálidos y temblando de frío:

—Por el whisky, mi rey.

—Mi rey —respondió Jaime.

Brindaron. Era un gesto absurdo. También era, con mucha probabilidad, el único gesto disponible en ese momento que todavía tuviera forma humana. El aguardiente de la cantimplora —porque no era whisky, nunca había sido whisky, era aguardiente en envase adaptado— tenía esa cualidad específica que tienen los brindis hechos en medio de matanzas: la de recordar, a quien todavía puede recordar, que se brinda precisamente porque algo se acaba.

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Jaime desmoralizó al enjambre con la espada en alto y el escudo subido, gesto que sobre un enjambre de cráneos vivientes funciona menos por intimidación y más por recordarles la escasa dignidad estructural que les queda a los cráneos separados de cuerpos. Otavito, después de tres fallos espectaculares, conectó el cuarto golpe con una precisión recuperada. El enjambre completo explotó en un estallido de fragmentos y oscuridad condensada que alcanzó a los tres; Isa gritó la advertencia a tiempo, los reflejos se repartieron con equidad discutible, y las calaveras que emitían la oscuridad se apagaron al mismo tiempo que el pasillo recuperaba algo parecido a la visibilidad normal.

Entre los restos había objetos mágicos, porque siempre hay objetos mágicos entre los restos; el más útil fue un grabado que la armadura aceptaría como mejora, y que Isa guardó con la indiferencia de quien administra botín desde hace meses. Otavito golpeó una olla industrial que había llamado su atención por razones puramente profesionales y descubrió, con el entusiasmo del cocinero que encuentra un ingrediente imposible, que contenía ácido puro concentrado de una pureza alquímica extraordinaria. Ciento diez galones. Bastante para hacer daño al universo en varias direcciones.

Empujaron el montacargas a la piscina del intercambiador, más por curiosidad estructural que por estrategia, y el piso cedió con el crujido educado de las superficies que llevan décadas esperando una excusa para rendirse. Abajo, en un sótano que hasta entonces sólo había existido como rumor, contenido por campos electromagnéticos que recién empezaban a parpadear porque su núcleo ya no los alimentaba con la antigua disciplina, algo ocupaba una parte considerable del espacio. Era parcialmente visible entre las líneas de fuerza. Tenía el contorno que tienen las cosas a las que uno les pone la palabra *Primero* adelante y el resto del nombre después.

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Isa pidió recordatorio mental sobre las defensas del monstruo. Alguien le indicó que resistía todo lo que no fuera adamantina, y aun la adamantina con reticencia administrativa; el narrador, que estaba tomando apuntes, añadió —con la serenidad del que comenta una cena ajena— que esa no era toda la información disponible sobre la criatura. Isa lo archivó.

Otavito, a quien nadie había pedido nada, se acercó al contenedor de ciento diez galones de ácido concentrado, apoyó los pies, ejerció una tracción atlética que en cualquier otro contexto habría sido objeto de estudio universitario, y arrancó el recipiente entero del piso como quien alza una olla grande en la cocina de la casa. Se lo echó a la espalda. Avanzó hasta el borde del hueco en el piso, doblado bajo el peso, agrandado todavía por efecto residual de la gorra cajetica, con la gorra todavía en la cabeza y las palabras *mi rey* todavía bordadas encima, y miró hacia abajo.

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El Primer Motor, desde abajo, todavía no se había dado por enterado.

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*Nota del narrador: La lágrima, mientras tanto, ya había elegido a alguien, aunque ese alguien no lo sabía y probablemente no lo sabría hasta que fuera tarde para renunciar al encargo — así operan estas cosas, con una cortesía administrativa que nadie pidió. El Instituto, en los pisos que el grupo todavía no había visitado, seguía cocinando con la paciencia propia de quien cree tener cinco mil años para terminar la receta; y los parrandones —porque ése quedó siendo su nombre oficial, contra el criterio unánime de la filología— no se acaban en este búnker ni en los seis siguientes. Consta además, para propósitos de cronología interna, que un tal Ricardo Castro avisó su ausencia a la mesa con diecisiete meses de anticipación, que es exactamente la clase de puntualidad que algunas campañas merecen y que, por razones que escapan al control del narrador, casi nunca reciben.*

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Publicado 2026-04-23 · chronicle (whisper + claude + gemini)

# 24-04-2026 | Fallamos la misión exitosamente

Hay una verdad consignada por la ingeniería militar y rara vez impresa en los manuales: ningún plan sobrevive al primer barril de ácido. La afirmación es estadísticamente sólida, lo cual es ya una rareza para una afirmación que contiene la palabra *barril*. Le cabe además un corolario, redactado por el mismo comité ficticio: cuando el barril contiene ciento diez galones de ácido y la persona que lo carga es Octavio, la supervivencia del plan se reduce a una variable binaria que depende menos de la voluntad humana y más de la inclinación de la trama.

Los diez minutos que el grupo se concedió para curarse, después del enjambre de cráneos, fueron diez minutos en sentido estricto. Isa repartió ungüentos con la severidad de una farmacéutica regional. Jaime se quitó parcialmente el traje blindado para que los huesos de las costillas volvieran a su orden alfabético. Otavito, a quien la cocina industrial le había hecho un ojito desde la sala de al lado, contemplaba el barril de ácido concentrado con la mirada del que ya ha decidido algo y todavía no se lo ha comunicado a su espalda.

Lo amarró primero con una correa improvisada. Una salpicadura le cayó en la nuca, le dejó un surco caliente del tamaño de una decisión mal tomada, y le bastó para descartar el método. Lo levantó por las asas, entonces, como quien alza una olla de sancocho para una familia numerosa: con respeto, con las rodillas correctas, y con la convicción de que esto se hace porque alguien tiene que hacerlo.

> ¹ La cocina colombiana ha producido, entre otras cosas, un protocolo informal para alzar ollas pesadas que la ingeniería estructural alemana, de haberlo conocido a tiempo, habría impreso en los manuales de operadores de planta. La diferencia central es que el manual colombiano no lleva firma, no exige guantes, y se transmite oralmente entre primos.

Subieron por un pasillo diseñado para personas de tamaño estándar, lo cual fue inconveniente porque Otavito, por efectos residuales de la gorra cajetica de Pilsen y por una dieta optimista, ocupaba un pasillo y medio. La puerta del primer descansillo le dio problemas a Isa: el estuche de ganzúas, después de varias semanas de sobreuso, se había convertido en una colección de palitos resentidos, y un pick se quedó dentro de la cerradura como recordatorio. Jaime resolvió la cuestión con un machetazo de la espada de adamantina que no abrió la puerta sino que la borró del concepto general de *puerta*, lo cual, administrativamente, era equivalente.

Adentro encontraron lo que el Instituto, con su pasión por la rotulación, llamaba *sala de comunicaciones*: un altar de bronce cubierto de potenciómetros, un micrófono con la dignidad de un púlpito, y un tablero etiquetado en alemán cuya función central, dedujo Isa después de leerlo dos veces, era difundir música por todos los altavoces del búnker simultáneamente. Tenía además una función de bucle, marcada con la palabra *Loop* en una cartelera que parecía orgullosa de su préstamo lingüístico.

Jaime se acercó al micrófono con una idea que no había anunciado a nadie. La sala de comunicaciones tenía un aire reverencial — el bronce, el púlpito, el tablero de potenciómetros etiquetado en alemán con esa caligrafía oficial que pretende imponer respeto a la electricidad —, y precisamente esa solemnidad, decidió Jaime sin discutirlo con nadie, era una invitación a la herejía. Carraspeó. Y, en una sala de comunicaciones del Tercer Reich, en mil novecientos cuarenta y dos, entonó:

—Boquita de caramelo, dulce de leche…

Rodolfo Aicardi, que en otra dimensión sonreía sin saberlo, se vio repentinamente exportado a un búnker electromagnético. La canción salió por trescientos altavoces a la vez con la fidelidad sonora de un equipo alemán de la época, lo cual es decir: con una precisión técnica que no estaba diseñada para esa carga emocional. Otavito, al primer compás, cerró los ojos brevemente — gesto privado de quien reconoce un himno —, agarró a Isa por la cintura con la firmeza del bailarín no consultado, y la obligó a un par de vueltas que ella concedió por economía de discusión. *Que hijuepa para bailar, no lo sé*, alcanzó a murmurar Otavito, que al ritmo lo bailaba como si lo hubiera bailado desde antes de nacer. Acompañó después la canción con percusión sobre el barril de ácido —golpe de cuchara contra metal, ritmo de fonda costeña— y comentó, sin dejar de seguir el compás:

—Mis aportes son *thoughts and prayers*, sonido de cucharas.

> ² El concepto de *thoughts and prayers* aplicado a una operación de sabotaje contra una entidad cósmica primordial constituye, en la literatura comparada, un caso interesante de transferencia de fórmulas administrativas a contextos donde no funcionan. Funciona, sin embargo, lo suficiente como para mantener el ritmo.

Mientras Isa giraba bajo el brazo de Otavito por tercera vez, Jaime, con la otra mano, empezó a probar botones del tablero como quien afina un instrumento desconocido. Encontró, casi por accidente, una palanca rotulada *Loop* — la palabra inglesa adoptada por el alemán industrial con el mismo entusiasmo con que adopta otros préstamos sin consultar a sus propios filólogos — y descubrió, con esa pequeña descarga de adrenalina que solo entiende quien acaba de hackear algo sin saber de hacking, que el sistema podía grabar lo que recibía y reproducirlo indefinidamente. A Isa se le encendió un bombillo —metafóricamente, porque las luces seguían apagadas desde el módulo de la sesión anterior— y entendió, con la claridad fría de quien ya ha vivido esto antes en otra lengua, que la canción de control con la que el Instituto había sometido a sus constructos podía grabarse encima de *Boquita de Caramelo* y dejarse en bucle. Los constructos obedecerían a su himno; el himno los neutralizaría. La elegancia administrativa del plan tenía mucho de venganza poética: hacer que los muertos del enemigo bailaran, en formación, al compás del Combo Caribe.

Tres intentos hicieron falta. El primero salió plano. El segundo se le subió a Jaime una nota que no estaba en la partitura colombiana original — una variación libre que Aicardi, donde estuviera, posiblemente habría perdonado pero no aprobado. El tercero, ejecutado bajo una concentración invocada en último momento —una fuerza fina y luminosa que Isa se aplicó a sí misma con la misma naturalidad con que otra persona se ajustaría las mangas—, quedó grabado³. Isa cerró el bucle. Para sellarlo, vertió un chorrito del barril sobre la cerradura de la sala, que se selló con una mueca química y un siseo discreto, como si la cerradura misma no aprobara la decisión pero comprendiera la urgencia.

> ³ La reserva de causalidad narrativa que los personajes invocan cuando la trama amenaza con desviarse es un recurso limitado, contabilizado por una administración cósmica que no expide recibos. Quien la usa, sin embargo, raramente se arrepiente; los recibos llegan después, en otra moneda.

Más adelante en el día, cuando el grupo necesitó una segunda capa para el sabotaje sonoro — porque las primeras dos horas de Aicardi ya estaban produciendo sus rendimientos decrecientes —, Jaime cambió de repertorio sin avisar y arrancó a entonar *El Mecánico* de Edmundo Arias, que tenía la ventaja temática de ser una canción literalmente sobre maquinaria. *A la máquina, na na na na*, cantó, y luego, por convicción colombiana adquirida sin documentación, modificó la letra original para incluir el coro popular *ponle el tornillo a la máquina*, que es la versión que se canta en las fondas y que la versión grabada nunca tuvo pero todo el país jura recordar. La sustitución fue pedagógicamente apropiada: estaban, después de todo, intentando ponerle un tornillo metafórico a una máquina cósmica.

En los altavoces, contra la música ligera, las alarmas de los constructos empezaron, sin querer, a imitar el compás. *Boquita de caramelo* primero y *El Mecánico* después se convirtieron en la banda sonora oficial del facility, en contra del facility, mientras el facility seguía existiendo. Cada constructo medio-orgánico que arrastraba sus articulaciones por los pasillos lo hacía ahora, irremediablemente, con un leve balanceo lateral que no figuraba en sus especificaciones de fábrica. Otavito, satisfecho, se ajustó la espalda contra el barril que había vuelto a hombrear y, mirando el techo con la certeza filosófica del que acaba de inaugurar una doctrina, sentenció:

—Son como caramelo.

La frase, que en el momento sonó a comentario incidental, se volvería muletilla. Otavito la repetiría — sin previo aviso, sin contexto solicitado, con la cadencia tranquila del que ha encontrado una verdad portátil — varias veces más en lo que quedaba de día, cada vez que la situación táctica le ofreciera medio segundo de pausa. Cuando un constructo cayera al suelo despedazado: *son como caramelo*. Cuando Jaime resolviera un acertijo: *son como caramelo*. Cuando Isa le pidiera silencio: *son como caramelo*, dicho en voz más baja, pero dicho.

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Bajaron por el shaft del montacargas hasta la sala de la piscina. En el pasillo, Otavito iba al frente con el barril sobre el hombro como un cargador en un mercado de pueblo, y Jaime, detrás, le cantaba al pasillo:

—A la máquina, na na na.

Lo dijo desde detrás del escudo levantado, lo cual le confería al canto una autoridad procesional que no le correspondía.

Encontraron primero un laboratorio que olía a química limpia: beakers ordenados por altura, erlenmeyers con tapón esmerilado, frascos rotulados *Calcium*, *Natrium*, *Anis*, *Kümmel* —porque la línea entre laboratorio alquímico y despensa, en la cocina alemana, había sido siempre una línea negociada. Otavito fichó un recetario ilustrado de la repisa y se lo metió en el bolsa de almacenamiento, que ya cargaba más libros que un seminarista en quinto año. Jaime intentó esconderse dentro de una caja de madera por motivos que no aclaró; la caja cedió, hizo ruido, y un puntico láser rojo —rojo de los que no se discuten— apareció desde abajo, atravesó el piso por donde Jaime acababa de aterrizar, y dejó un agujero del tamaño de una conversación importante.

—*Ziel erfasst* —dijo nadie, con la cadencia metálica de un altavoz alemán de fábrica, y que sin embargo todos entendieron por contexto y por terror reflejo.

El piso se rompió primero por los bordes y después por todo lo demás. La piscina del intercambiador, dos pisos abajo, escupió hacia arriba una columna de agua y electricidad simultáneas, y de la columna emergió el Primer Motor con la gracia ofendida de quien ha sido despertado a una hora indecente. Tenía turbinas en lugares donde otros tendrían hombros. Tenía un cañón en el hombro derecho, con un puntico rojo que se posó sobre Otavito y se quedó ahí con la paciencia administrativa de una notificación⁴.

> ⁴ La marcación para erradicación es, en términos pseudo-académicos, una declaración de intenciones por parte de un sistema que ya no considera necesario disimular. La cortesía del puntico rojo consiste en no requerir traducción.

Disparó. La pared del fondo desapareció. Jaime, que estaba en la trayectoria, se había movido medio segundo antes por un pellizco que nadie había administrado oficialmente: una mano invisible —Isa, recién estrenada bajo una nueva capa de invisibilidad puesta con la solemnidad con la que se estrena un sombrero— le había clavado una jeringa de adrenalina disfrazada de pellizco en la nalga, y Jaime había saltado por reflejo. La pared se llevó el aire que él habría ocupado.

Lo que Jaime esquivó del cañón, sin embargo, no lo esquivó del segundo movimiento del Primer Motor: un brazo articulado, terminado en una pieza que podía ser una alabarda, un taladro, o una cita administrativa — el ingeniero alemán que la diseñó probablemente cobraba por daño infligido —, le entró por las costillas con la eficiencia ofensiva de quien tiene presupuesto militar. Ciento cuarenta y ocho puntos de daño, en la contabilidad seca de los manuales, traducidos a la vida real significan: Jaime cayó de rodillas; el traje blindado quedó marcado por una abolladura del tamaño de un libro grueso; la conversación interna entre Jaime y la muerte, que tradicionalmente es breve y unilateral, se cerró sobre un único punto de vida. Uno. Numéricamente. Le quedaba un punto porque el universo, esta vez, le concedió la economía mínima para seguir existiendo en la escena — la diferencia entre cero y uno es, en estos casos, la diferencia entre cierre de temporada y prórroga.

Soltó el barril. Entró en la furia metódica que lo acompañaba en estas ocasiones. Jaime atrapó el barril en el aire —porque Jaime atrapa cosas, esa es su función estructural— y lo balanceó por las asas como una olla familiar grande. El Primer Motor recibió un barrilazo —golpe seco de barril industrial alemán contra carcasa cósmica— que lo dejó tendido. Jaime se le subió encima, levantó el barril sobre la cabeza, y vació los ciento diez galones de ácido alquímico puro sobre el chasis prono. El metal silbó. La narrativa silbó con él.

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Porque la criatura, conviene aclarar para los archivos, no era dos cosas distintas: era el Primer Motor formalmente, según el manual del Instituto, y *el Parrandón* en la nomenclatura paralela que Otavito le había impuesto en la sesión anterior con cemento lingüístico irreversible — la entidad cósmica primigenia degradada al rango de fiestero por una decisión léxica colombiana que ningún arqueólogo posterior podría desmontar. El bicho silbante, ya tendido por el barrilazo y corroído por el ácido, hizo un último intento por incorporarse. Otavito, agrandado todavía, con la gorra cajetica encima de la cabeza y las palabras *mi rey* bordadas en el frente, le partió el cuerpo en dos con un golpe único de adamantina antes de que el intento se completara. El número del impacto —ochenta y ocho— flotó un instante en el aire como una sentencia firmada por una autoridad ausente, y se disolvió.

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—Está vuelto picha, lo curo si quiere —comentó Isa por detrás del aire vacío, con un aura de bendición visible alrededor de un cuerpo que seguía siendo invisible, mientras pasaba una rama de ruda sobre Jaime con el rigor profesional de una farmacopea casera.

Y entonces el cadáver del Primer Motor —Parrandón en la versión popular— empezó a contar para atrás. Runas plateadas se encendieron sobre la carcasa con un orden numérico que no admitía discusión. Un cronómetro mágico, sin permiso de nadie, decidió que era el momento de existir.

—Ah —dijo Isa, que tenía un vocabulario amplio y sabía cuándo no usarlo.

Una mano invisible salió disparada desde el aire vacío, llevando un grappling hook estilo Batman que se enganchó en el cañón de hombro del Primer Motor —el mismo que les había abierto medio muro— y lo arrancó con un tirón seco mientras el cadáver caía por el agujero del piso al sótano electromagnético. El cañón quedó en la mano invisible. El cadáver siguió contando.

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—Kilómetro y medio —anunció Isa con la calma de un meteorólogo regional, después de un cálculo que hizo entre tres respiraciones—. Para arriba.

Corrieron. Cuatrocientos metros por el shaft del ascensor, después por un pasillo, después por un campo alemán abierto que el sol de mayo iluminaba con una indiferencia pastoral. Otavito, agrandado, cargaba a Jaime sobre los hombros porque Jaime pesaba menos arriba que abajo y porque alguien tenía que llevar al herido. Isa, todavía invisible, corría al lado dejando un rastro de hierba pisada que no le correspondía a ningún cuerpo.

El facility detonó. La onda no fue exactamente una onda: fue una decisión geométrica. El terreno donde había estado el rectángulo de hormigón se convirtió, en menos de tres segundos, en un cráter de dos kilómetros de diámetro con paredes vidriadas por el calor. En los altavoces que ya no existían sobre edificios que ya no existían, *Boquita de caramelo* dejó de sonar exactamente en el mismo instante, lo cual fue una cortesía que nadie había pedido.

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Los papeles de Miguel —dos años de inteligencia, los nombres que el grupo había venido a buscar, los mapas internos del Instituto— se convirtieron en una ceniza administrativa fina que el viento alemán de mayo se llevó hacia el este sin pedir disculpas. Esto, conviene aclararlo para los archivos, lo entendió únicamente Isa. Otavito y Jaime venían de partir un Primer Motor en dos, vaciar un barril de ácido cósmico, dejar a un facility nazi convertido en geometría vidriada, y poner *Boquita de caramelo* en bucle perpetuo sobre la maquinaria de un imperio: para ellos la misión había sido un éxito tan rotundo que no admitía revisión. Isa, que era la única que llevaba en la cabeza el inventario de lo que se había venido a buscar y de lo que se había perdido en el proceso, decidió, por una mezcla de cortesía y de cálculo, no aclarárselo todavía. Para los dos reyes, este capítulo se cerraba en victoria; para ella, en una columna pendiente que tendría que llenar después con otra cosa.

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Llegaron al jeep. Otavito traía sobre la espalda libre un parlante industrial enorme que había arrancado al pasar de una pared lateral por la única razón con la que Otavito arranca cosas al pasar: estaba ahí, sonaba alto, y le pareció apropiado. Que el parlante en cuestión —cosa que él no había verificado y que jamás verificaría, porque Otavito no se entera nunca de la magia, esa categoría siempre le llega tarde y por terceros— llevara dentro una propiedad menor de ilusión auditiva utilizable una vez al día, era un dato que Isa identificaría en el inventario varios días después con la misma resignación de quien descubre que el sobrino se trajo de la playa una concha protegida⁵.

> ⁵ Los parlantes industriales, en el inventario comparado de objetos mágicos, ocupan un lugar inferior al de los anillos de invisibilidad y superior al de las cucharas encantadas; lo cual los sitúa, aproximadamente, en la categoría *útil pero embarazoso*.

Jaime se desplomó de los hombros de Otavito al jeep. Isa, ya visible otra vez, lo recogió con la rutina de quien ya lo ha hecho varias veces y conoce los puntos de presión donde un cuerpo decide seguir funcionando. Otavito miró el cráter con una concentración filosófica que rara vez le visitaba, y dijo, después de pensarlo bastante:

—Le echamos la culpa a Farrukh y listo.

Jaime, ya casi apagado, alcanzó a articular una conclusión con la dignidad final del que se está yendo y todavía sostiene un veredicto:

—Fallamos la misión exitosamente.

La frase, dicha sin ironía por un hombre con un punto de vida, fue recibida por Otavito como una declaración técnica de éxito —fallar exitosamente, en su sintaxis interna, era el sello de una operación bien resuelta— y por Isa como exactamente lo que era: un epitafio preciso para una victoria que tenía un agujero adentro. Asintieron los dos, por razones distintas, al mismo tiempo. Y Jaime dijo después su nombre completo, *Jaime Jaramillo*, en voz suficientemente clara como para que la frase quedara registrada en la memoria de Isa y de Otavito y del aire de mayo, antes de desplomarse encima de Otavito con la confianza de alguien que sabe que abajo hay carne suficiente para amortiguarlo.

La cantimplora de aguardiente, fiel al protocolo, salió del bolsillo de Isa. Hubo un brindis breve, sin palabras, sobre un cuerpo que respiraba con dificultad. La gorra cajetica de Pilsen seguía sobre la cabeza de Otavito. La diadema metálica seguía sobre la de Jaime. Nadie había tenido tiempo de quitárselas, y nadie iba a tenerlo en el corto plazo.

A lo lejos, en el cráter, una alarma residual de un sistema que ya no existía emitió tres notas que se parecían sospechosamente a *boquita de caramelo*, antes de extinguirse para siempre.

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*Nota del narrador: La temporada se cierra aquí, con un cráter donde había un edificio, una canción que dejó de sonar al mismo tiempo que su altavoz, y una misión cuyo informe oficial —si alguien se atreviera a redactarlo— consistiría en una sola oración pronunciada por un hombre que se estaba desmayando. Conviene anotar también, para los archivos, que el barril de ciento diez galones cumplió su ciclo completo —arrancado del piso en un capítulo, cargado por medio edificio en otro, vaciado sobre una bomba primordial al cierre—, lo cual, en términos de economía narrativa, es una de las pocas cosas en este episodio que sí salieron como estaba previsto.*

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Publicado 2026-05-01 · chronicle (whisper + claude + gemini)

# 08-05-2026 | "Mr. Elber Galarga"

Hay un fenómeno documentado en la sociolingüística de tabernas según el cual un chiste deja de ser chiste y se vuelve idioma privado en el momento en que su portador lo traduce a un segundo idioma sin perder la convicción. A partir del tercero, es contraseña. A partir del quinto, teología. Otavito había llegado al arameo.

El regreso a Inglaterra desde el búnker alemán fue por una ruta cuya elegancia geopolítica era inversamente proporcional a su eficiencia: Charola 2 se detuvo en pueblitos belgas, holandeses y daneses con la indiferencia de un colectivo interprovincial. Jaime cargaba la piel todavía marcada por la desintegración del cañón nazi de hacía cuatro meses — Otavito lo llamaba *negrito*, *chamuscado*, o *primo del carbón* según el ánimo —, e Isa seguía sin contarles a los dos reyes que los papeles de Miguel no habían sobrevivido al cráter alemán. La información era inútil y la única virtud administrativa de Isa, cuando algo no tiene remedio, es no convertirlo en conversación.

El mando aliado los enchufó en una rotación del SAS por tres meses, con uniformes de tres banderas cosidas al hombro — Segovia, Antioquia y Colombia, en ese orden jerárquico no negociable — y raciones heréticas: aguardiente, chocolate, y la promesa de que el resto se conseguía sobre la marcha. Fue ahí donde Jaime, por deporte, le enseñó inglés mal a Otavito. *I’m King Octavio the Second*, recitaba Otavito a oficiales que archivaban la información en la carpeta *no preguntar*. Y a esa frase superpuso la que de verdad le importaba: la presentación apócrifa de *Mr. Elber Galarga*, que pronunciaba en inglés, francés, alemán, arameo y griego antiguo, todos con acento de Segovia.

Mientras tanto Jaime dormía mal. Isa investigó y descubrió la mala noticia en dos turnos: alguien lo espiaba de día a través de un ojo no-muerto colgado en un templo lejano, y lo torturaba de noche en sueños proyectados desde el mismo lugar. En una de esas pesadillas Jaime se vio encadenado contra una columna tailandesa, gritando por su mamá. Chonta, en otra parte del mundo, seguía trabajando. Por otra capa de la realidad, más sutil, ocurría otra cosa: cada vez que Jaime cantaba alrededor de una fogata, una atención muy antigua y muy alegre se acercaba un poquito más. **Baco** — que en cualquier panteón mediterráneo firma con su nombre aunque le digan Dionisio — le hacía ojitos a Jaime con la persistencia de un mecenas que ya ha decidido y todavía no ha pedido nada. Isa no se lo comentó. La diferencia entre ser cortejado por un dios y enterarse de que está siendo cortejado por un dios es la diferencia entre seguir vivo y empezar a negociar.

Apareció entonces un ping en Escandinavia que parpadeaba con la insistencia de las cosas que quieren ser visitadas. Al rastrearlo, el SAS confirmó la sospecha: era otro **Parrandón**, hermano del que el grupo había partido en dos en Alemania, cazando desde un fiordo noruego más allá del Círculo Polar Ártico. Tailandia tendría que esperar.

Antes de partir, el Douglas C-47 entró a un hangar británico en calidad de avión militar y salió en calidad de chiva colombiana: pintura fractal, chontas atadas bajo las alas, calendario de Pielroja en la cabina, sofás, bar, parlante encantado, mesa de billar giroscópica, y — siguiendo el protocolo chiva — leyendas pintadas a mano sobre el fuselaje: *Dios es mi copiloto*, *Mañé manda*, *La que se va no vuelve*, y una que Otavito firmó con un balde de pintura blanca: **Chonta Pirobo**. Que el insulto fuera el nombre del antagonista que torturaba a Jaime en sueños era una coincidencia que Isa decidió archivar bajo *cosas que tal vez signifiquen algo, tal vez no*.

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Volaron al norte. El sol no se ponía. Aterrizaron junto a un delta helado donde una chalupa marca *Temu Enterprises* — importada desde Tailandia — los esperaba con la promesa implícita de hundirse en cualquier momento. A unos doscientos metros, sobre el agua misma, caminaban tres señoras feas con la fealdad rigurosa que en otras culturas se considera mérito profesional, agitando los brazos en señas que cualquier marinero habría interpretado como *devuélvanse*. Otavito se puso de pie en la chalupa y gritó:

—*Mr. Elber Galarga, at your service!*

Las orcas emergieron entonces, cuatro o cinco, y la diplomacia se interrumpió por motivos hidrodinámicos. El golpe que decidió la jornada fue de Otavito: arrancó una halabarda, la balanceó como quien sopesa un harpón ballenero — porque en la cabeza colombiana toda asta larga con punta es harpón hasta que la realidad la corrija — y la lanzó con el peso de un brazo agigantado contra la orca más cercana, clavándosela entre las paletas del lomo con un *thunk* que sonó a contrato firmado. Las otras se retiraron a aguas más interesantes.

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Resultó que las señoras eran criaturas fey desplazadas a este plano y no estaban atacando sino protegiendo algo que se aclararía después. Se aclaró un trueque: Otavito sacó monedas de cobre y compró una caña de pescar que parecía más bien un anzuelo ceremonial. Isa percibió que el objeto arrastraba una deuda con el plano de los dioses calculable en un cuatrocientos por ciento sobre su valor nominal — los prestamistas terrenales mandan a un cobrador con un bate; los celestiales mandan a la trama, que es peor.

El fandango duró seis horas, encajado en medio de la cacería del Parrandón como una coma que decide quedarse a vivir en el centro de una oración. Empezó con aguardiente de la cantimplora que oficialmente contenía whisky pero nunca lo había contenido, siguió con porros cantados desde la fogata, escaló con ilusiones que las brujas conjuraron para amenizar — mujeres hermosas que se desvanecían si uno las miraba con la concentración equivocada —, pasó por una ballena frita que terminó carbonizada porque nadie estuvo en condiciones de retirarla a tiempo, y culminó con los remos de la chalupa convertidos en leña. Otavito en taparrabos secando la armadura cerca de las brasas. Una de las brujas, rebautizada *Matilde* por aclamación, riéndose con una risa que tenía cuatro dientes y trescientos años.

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Al despedirse, las brujas regalaron una bomba alquímica con olor a mofeta, una lanza ceremonial envuelta en la deuda divina del cuatrocientos por ciento, y la dirección exacta del problema verdadero: un templo escondido tras un muro de hielo, custodiado por tres gigantes.

Los gigantes estaban a cuarenta y cinco pies de altura sobre el muro y gritaban *ni un paso más* en un idioma que nadie entendía pero cuya intención era clara. Empezaron a llover icicles mágicos. La chalupa Temu — fiel a las expectativas de su procedencia — se deshizo por las costuras con la dignidad de un mueble armado por instrucciones mal traducidas. Otavito saltó sobre una tabla; Jaime aleteó la capa voladora un metro por encima del agua; Isa, ya invisible, abordó el remolino de las brujas-fey que le tendieron una mano traslúcida con la indiferencia de quien ya ha rescatado a más de una visita imprudente.

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Jaime desplegó la capa y subió por el aire. Isa coordinaba desde abajo con la voz ronca de la noche anterior. Otavito, agrandado, golpeaba el muro con la paciencia de un picapedrero asalariado. Uno de los gigantes, herido de muerte y consciente de la oportunidad teológica, atrapó a Jaime con las dos manos, se tiró al vacío, y mientras caía gritó hacia el cielo gris:

—*Valhalla, welcome me!*

Cayeron los cuarenta y cinco pies juntos. El gigante murió con la satisfacción del que ha entrado al más allá por la puerta correcta. Jaime no murió — victoria parcial — pero quedó piñado bajo el cadáver con un pie descalzo asomando como una protesta menor.

Otavito vio el pie, evaluó la situación, y procedió por intuición. Levantó el cadáver del gigante suicida y lo usó como palanca contra el muro. Jaime salió disparado hacia arriba con la trayectoria de un proyectil orgánico, machete en mano, y mientras cruzaba el aire gritó:

—¡Segovia, hijueputa!

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El golpe conectó con la precisión que sólo conceden las chances de una en un millón, que como todo el mundo sabe salen bien nueve de cada diez veces. El gigante se desplomó por el precipicio. Un fueguito persistente lo remató en el camino abajo con la indiferencia de los fuegos que cumplen su turno sin que nadie los supervise.

Subieron al muro. Isa repartió curaciones en la entrada del templo con la eficiencia de quien gestiona una sala de espera. El templo estaba oscuro, frío, y vacío de la forma en que están vacíos los templos que llevan siglos esperando visita. Adentro había un pedestal. Otavito lo tocó. El pedestal se encendió, revelando líneas que conectaban puntos en el piso con la geometría de un acertijo bien diseñado. Era — Isa lo identificó con calma — un teletransportador apagado, que requería conectar las luces en el orden correcto.

Otavito examinó la geometría y declaró al aire del templo con solemnidad ceremonial:

—*Mr. Elber Galarga.*

Nadie respondió. La puerta del teletransportador, que no estaba abierta, no se abrió todavía.

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*Nota del narrador: La frase, dicha en voz alta en un templo vacío, queda registrada en la acústica del lugar como una firma. Los templos guardan estas cosas. La trama también. El teletransportador seguirá apagado exactamente el tiempo que la próxima sesión necesite que esté apagado, ni un minuto más ni un minuto menos — así operan estos aparatos, con una puntualidad que el resto del universo envidia.*

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Publicado 2026-05-15 · chronicle (whisper + claude + gemini)

# 15-05-2026 | "Por el whisky, mi rey" — dijo una boca llena de riñón

Hay una clase específica de competencia que sólo se desarrolla en los búnkeres alemanes del año cuarenta y dos, y es la competencia entre la oscuridad y los que tienen que cruzarla. La oscuridad lleva ventaja de fábrica. Los que la cruzan, por lo general, llevan linternas, plegarias, o —en los casos más prácticos— una bibliotecaria con la mano firme y dos hermanos a remolque.

Isa había decidido, sin necesidad de votación, que la única forma de atravesar el primer piso era llevarse a los dos reyes de la mano. A Otavito porque no tenía anteojos de obsidiana y la oscuridad lo había convertido en un bulto razonablemente grande pero ciego; a Jaime porque Jaime, mientras Isa preparaba el itinerario mental del recorrido, se había sentado en un trono ajeno —un sillón electromagnético, abandonado, con respaldo en forma de águila administrativa— con las piernas cruzadas sobre los descansabrazos, y se había bebido tres aguardientes en cuarenta segundos cronometrados¹.

> ¹ La velocidad de ingesta del aguardiente, en condiciones de estrés táctico, sigue una curva inversa al instinto de conservación. Los manuales militares colombianos —que no existen pero deberían— consignarían el fenómeno bajo el rubro *consumo ritual previo a la mala decisión*.

El puzzle del piso, con sus luces parpadeando en una secuencia diseñada para ser humillante, no le tomó a Isa más de lo necesario. Lo difícil no fue el puzzle. Lo difícil fue empujar a Otavito por el codo y arrear a Jaime por la manga al mismo tiempo, dictándole a uno *acá hay un escalón, mi rey* y al otro *baje la cantimplora, mi rey*, con la paciencia de una institutriz victoriana cuyo sueldo no cubre los daños colaterales. Las luces obedecieron en el orden correcto. La puerta cedió. Los tres pasaron al segundo piso con la dignidad reducida pero intacta, que es la única dignidad que se puede pedir a estas horas.

El segundo piso era un osario.

No un osario en el sentido pintoresco que la palabra tiene en las catedrales europeas, sino en el sentido industrial: cientos de esqueletos completamente pelados, sin una fibra vegetal entre ellos, alineados por la fuerza centrífuga de un desastre antiguo. La carne había sido removida con la prolijidad de un proceso químico bien calibrado. Entre las costillas asomaban ojales metálicos de bota; entre los fémures, zippers; el detalle militar industrial enterrado en lo orgánico como una firma. Y de una columna vertebral, cuyo cráneo todavía colgaba por puro hábito anatómico, pendía un dog tag estampado con el sello del Instituto para el Mejoramiento Humano.

—El Instituto mandó militares acá —dijo Isa, leyéndolo de cerca—. No volvieron.

Otavito, fiel a su criterio profesional, recogió la columna con el cráneo todavía pegado y se la colgó del cinturón. La iba a incorporar a una armadura que venía construyendo desde hacía meses, proyecto del que ni Isa ni Jaime conocían los detalles arquitectónicos pero del que ya habían aceptado, por agotamiento, la existencia. Había también estatuas de lobos en el pasillo, muy bien talladas, que cuando se las tocaba no hacían absolutamente nada — pequeño anticlímax que en otro búnker habría sido tranquilizador y en éste no lo fue.

No fueron los lobos.

Saltaron, en cambio, dos criaturas que la imaginación del Instituto había decidido construir sin cabeza: aparatos enteros de mandíbulas montados sobre cuellos truncos, criaturas que eran únicamente el aparato de morder, sin la inconveniencia de un cráneo que las contuviera. Cayeron sobre Isa con la urgencia administrativa de algo que lleva años esperando un turno.

Isa cayó en el suelo. No se desmayó. La diferencia importa.

La mordida le entró por el costado con una precisión que el universo, en sus momentos más crueles, sabe administrar con virtuosismo, y los pedazos de riñón empezaron a salirle por la boca mientras todavía intentaba pronunciar un conjuro defensivo. Murió antes de terminar la sílaba².

> ² El narrador, que en otras ocasiones eufemiza por cortesía editorial, en este caso transcribe el detalle anatómico tal como ocurrió, porque eufemizar una muerte así sería traicionar la única cosa que le quedaba a la fallecida: el hecho ocurrido.

—¡Cascaron a la niña! —gritó Otavito, y la frase quedó suspendida en el pasillo como una bandera improvisada.

Se puso la gorra cajetica de Pilsen con las palabras *mi rey* bordadas encima, la gorra que lo agrandaba hasta un tamaño que sorprendía a los pasillos, y se lanzó contra la criatura más cercana con la furia indignada de un cocinero al que le han ofendido la mesa. Falló. Volvió a fallar. Dos veces seguidas, con la dignidad específica de la furia que no conecta — esa dignidad triste que tienen los golpes anchos que pasan por encima del objetivo y se gastan en el aire. La segunda criatura le entró por el flanco. Otavito cayó también, agrandado y todo, con la gorra todavía en la cabeza.

Quedó Jaime, solo, con la espada en alto y el cuerpo de su hermana a tres metros, contra dos aparatos de mandíbula que no tenían ojos pero sabían exactamente hacia dónde mirar.

Entonces algo brilló bajo la blusa de Isa.

La lágrima de cristal, que llevaba semanas eligiendo y archivando preferencias en silencio, decidió que su preferencia había sido siempre Isa, y que el momento de demostrarlo había llegado con la puntualidad humillante de las cosas que esperan demasiado tiempo³.

> ³ La lágrima, según consta en literatura interna que nadie ha escrito todavía, disponía de tres deseos. Uno se gastó allí. Quedaron dos. La cuenta importa por razones que se aclararán más tarde, o no se aclararán nunca, que es lo mismo en términos administrativos.

Isa se levantó. Pero no se levantó Isa exactamente: se levantó una versión de Isa de aproximadamente cuatro metros, curada hasta los huesos, sin el riñón en la boca, con la mirada concentrada en el hecho de seguir existiendo a una escala distinta. No dijo nada. Hablar habría sido un desperdicio del momento. Lo que hizo, en cambio, fue agarrar a una de las criaturas por el cuello trunco y reventarle la mandíbula con un crujido que el pasillo recordó durante meses.

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Otavito, recuperado por reflejo cosmológico, vio la apertura. Se metió por la boca abierta de la criatura con la decisión de quien entra en una cocina ajena, y la destrozó desde el esófago. La criatura se deshizo desde adentro con la sorpresa administrativa de algo que no esperaba ser comido por su propia presa.

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La otra criatura cayó bajo el machete de Jaime, que en ese golpe descubrió, por primera vez en varias campañas, que el machete absorbía la carne de lo que mataba. Comía lo que cortaba. Era una propiedad nueva del filo, o una propiedad vieja que el filo había estado guardando para una ocasión digna, y el hecho de descubrirla en medio de aquel pasillo le pareció a Jaime, con la lucidez del borracho que acierta, exactamente apropiado.

Quedaron los tres en pie, entre cadáveres viejos y nuevos, jadeando con una desproporción tonta. Néstor —que también estaba ahí, porque siempre está ahí, aunque la prosa lo haya omitido por economía— abrazó a los dos hermanos con la fuerza específica del que está sacando a alguien de un sitio del que no se vuelve solo. Jaime se dejó abrazar. Es lo único que se puede hacer, en algunos casos.

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La cámara siguiente era interdimensional, climatizada a veinticuatro grados exactos, con esqueletos decorativos a los lados que el diseñador original probablemente había considerado *acogedores*. Allí descansaron. Isa cocinó chorizos por primera vez para los otros dos —tres chorizos puestos a asar a distancia prudencial, por una paranoia gastronómica que la sesión anterior había sembrado y nadie pensaba arrancar—. Jaime cambió la camisilla de Segovia por una armadura mejor, pequeño rito de pasaje material. Otavito, anunciado a la mesa con la solemnidad de quien hace una declaración de principios, dijo:

—Casa, huevón. Que no nos peguen más.

Lo cual, dado quién lo decía, equivalía a un pacifismo de Estado.

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Bajaron a la cueva siguiente.

Allí, sobre una montaña de oro que tenía la profundidad estructural de una piscina termal, dormía un dragón rojo del tamaño aproximado de un suburbio pequeño. Jaime, mirando el oro antes de mirar al dragón, eligió en silencio a los dragones como enemigo predilecto, por instinto puro, sin saber todavía que tenía uno enfrente⁴.

> ⁴ La selección instintiva del enemigo predilecto, en la literatura comparada, suele preceder a la aparición física del enemigo en cuestión por márgenes que la estadística declara sospechosos. El narrador no opina.

El dragón abrió un ojo. Jaime, en lugar de desenfundar, levantó la cantimplora.

—Amigo —dijo—. Guarito.

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Fue, posiblemente, el conjuro diplomático más simple del mundo, y funcionó con la eficiencia de los conjuros que no se anuncian como tales. El dragón emergió del oro como un tío rico de historieta saliendo de una piscina, demostrando de paso que el oro era más profundo de lo que parecía, y aceptó la cantimplora. Bebió. Devolvió la copa de peltre con una reverencia de ceremonia japonesa, sostenida con dos garras, en un gesto que ningún manual de etiqueta dragontina había previsto.

Se intercambiaron botellas. Sake. Whisky. Limoncello. Una botella valuada en cuarenta y cuatro millones de dólares entregada como tornavuelta —no mágica, sólo cara, que es la otra forma de ser sagrada—. A cambio, baldes de aguardiente. Baldes de la tarrasca usados como vasos de shot, bajo la condición explícita de que las botellas se abrieran y se bebieran, porque el dragón consideraba indecente coleccionar licor sin consumirlo.

Y entonces dijo, con la sencillez de quien archiva por fin un secreto:

—Me llamo Sváfnir. No soy uno de tus parrandones. Soy un dragón verdadero. Huí de la Voz de Tiamat, de otro mundo, y este lugar es mi refugio. Me puedes decir Isa, si querés —añadió, dirigiéndose a Isa, y el diminutivo le salió raro pero sincero, como sale el diminutivo a quien lo aprende por primera vez.

La cosmología del grupo —esa estructura que llevaban meses ordenando con esfuerzo— crujió ligeramente y se reacomodó. Había dragones de verdad. Había también, según explicó Sváfnir con la cortesía de quien comparte un diagnóstico médico, un ritual en marcha para robarles la lágrima — un demiplano anclado a la Tierra como un anzuelo clavado en una boca, tirando despacio. Sváfnir se ofreció a llevarse la piedra por un día encima, como señuelo. Juró por los fiordos, que en su cosmología son lo que en la nuestra son los notarios.

Isa miró a Otavito. Miró a Jaime. Soltó la lágrima.

El dragón la tomó con la delicadeza de quien recibe un huevo, y entregó a cambio un pergamino antiguo que nadie se molestó en leer en ese momento. Después, con la fórmula administrativa más cortés que el universo conoce, anunció:

—Los teletransporto como fantasmitas.

El stall en el aire que duró un instante era, en realidad, el conjuro casteándose.

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Aterrizaron en una costa fría.

No era la Tierra. El sol era de otro color, ligeramente más amarillo de lo que debería, y arriba —apenas visible contra el azul desconocido— una luna giraba al revés, con la cara que en los manuales lunares se considera oculta vuelta hacia los espectadores en un gesto que parecía deliberadamente íntimo. No había estrellas conocidas. El viento traía sal y un frío que no era el frío alemán que acababan de dejar atrás.

Los tres estaban despojados. La camisilla de Segovia, los anteojos de obsidiana, los collares con forma de escorpión que se activaban apretando un botón, las coronas gemelas, la gorra cajetica de Pilsen — todo se había quedado del otro lado del conjuro. Reducidos a su mínima expresión, los tres se acomodaron en la playa según sus naturalezas respectivas.

Otavito se recostó sobre la arena, cerró los ojos, y se quedó dormido en una siesta finalmente pacífica, con el aire de quien ha cumplido su declaración de principios y se siente, por una vez, en regla con sus propios votos.

Jaime se sentó mirando el mar, fijado en una sola palabra que repetía sin moverla de los labios: *Chonta*. *Chonta*. *Chonta*. Como un mantra que no admite tregua, ni siesta, ni traducción.

Isa miró hacia arriba, hacia la luna al revés, y empezó a contar lo que veía con la paciencia de quien sabe que la cosmología recién se está abriendo.

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*Nota del narrador: Quedan dos deseos en una lágrima que ahora viaja sobre el lomo de un dragón verdadero, en un mundo que el grupo todavía no entiende y al que llegaron sin equipaje. El Instituto, mientras tanto, sigue cocinando en Alemania con la paciencia propia de quien cree tener cinco mil años para terminar la receta, ignorante todavía de que tres figuras humanas se han caído del tablero hacia una orilla que ningún mapa registra. El ritual que iba a robarles la piedra muerde, en este momento, un anzuelo que no es la piedra. Eso, en términos estratégicos, se llama tiempo ganado; y el tiempo ganado, como cualquier consultor honesto sabe, es lo único que separa una campaña perdida de una campaña que todavía puede ganarse.*

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Publicado 2026-06-01 · chronicle (whisper + claude + gemini)