08-05-2026 | "Mr. Elber Galarga"
Hay un fenómeno documentado en la sociolingüística de tabernas según el cual un chiste deja de ser chiste y se vuelve idioma privado en el momento en que su portador lo traduce a un segundo idioma sin perder la convicción. A partir del tercero, es contraseña. A partir del quinto, teología. Otavito había llegado al arameo.
El regreso a Inglaterra desde el búnker alemán fue por una ruta cuya elegancia geopolítica era inversamente proporcional a su eficiencia: Charola 2 se detuvo en pueblitos belgas, holandeses y daneses con la indiferencia de un colectivo interprovincial. Jaime cargaba la cara seria del que paga y la piel todavía marcada por la desintegración del cañón nazi de hacía cuatro meses — Otavito lo llamaba negrito, chamuscado, o primo del carbón según el ánimo, y a Jaime se le había agotado la energía protocolaria para corregir el chiste. Isa, por su parte, seguía sin contarles a los dos reyes que los papeles de Miguel no habían sobrevivido al cráter alemán: la información era inútil — la operación ya había ocurrido, el éxito subjetivo ya estaba archivado en sus memorias —, y la única virtud administrativa de Isa, cuando algo no tiene remedio, es no convertirlo en conversación.
El mando aliado los enchufó en una rotación del SAS por tres meses, con uniformes de tres banderas cosidas al hombro — Segovia, Antioquia y Colombia, en ese orden jerárquico no negociable — y raciones que cualquier oficial británico habría considerado heréticas: aguardiente, chocolate, y la promesa de que el resto se conseguía sobre la marcha. Fue ahí donde Jaime, por deporte, se dedicó a enseñarle inglés mal a Otavito. I’m King Octavio the Second, recitaba Otavito a oficiales británicos que archivaban la información en la carpeta etiquetada no preguntar. Y a esa frase real superpuso otra que era la que de verdad le importaba: la presentación apócrifa de un caballero apócrifo llamado Mr. Elber Galarga, que pronunciaba en inglés, francés y alemán con acento de Segovia, y eventualmente — porque un sargento políglota se lo enseñó por venganza un viernes — en arameo y en griego antiguo, también con acento de Segovia.
Mientras tanto Jaime dormía mal. Isa investigó con su metodología bibliotecaria habitual y descubrió la mala noticia administrada en dos turnos: alguien lo espiaba de día a través de un ojo no-muerto colgado en un templo lejano, y la misma persona lo torturaba de noche en sueños proyectados desde el mismo lugar. En una de esas pesadillas Jaime se vio a sí mismo encadenado contra una columna tailandesa, gritando por su mamá. Chonta, en otra parte del mundo, seguía trabajando. La información se archivó. Nadie hizo brindis al respecto.
Por otra capa de la realidad, más sutil y menos hostil, ocurría otra cosa. Isa registró en silencio un patrón: cada vez que Jaime cantaba alrededor de una fogata, cada vez que un brindis improbable interrumpía un combate inminente, una atención muy antigua y muy alegre se acercaba un poquito más. Baco — que en cualquier panteón mediterráneo firma con su nombre aunque le digan Dionisio o Líber Páter — le hacía ojitos a Jaime con la persistencia paciente de un mecenas que ya ha decidido y todavía no ha pedido nada. Sus equivalentes en otras culturas asomaban detrás, en formación discreta, esperando turno. Isa no se lo comentó. La diferencia operativa entre ser cortejado por un dios y enterarse de que está siendo cortejado por un dios es, según el manual práctico, la diferencia entre seguir vivo y empezar a negociar.
Apareció entonces sobre el mapamundi un ping en Escandinavia que parpadeaba con la insistencia de las cosas que quieren ser visitadas. Era idéntico al ping que en algún momento de la historia anterior los había llevado a La Guajira. Al rastrearlo, el SAS confirmó la sospecha estructural: era otro Parrandón, hermano del que el grupo había partido en dos en Alemania, que ahora cazaba al ping desde un fiordo noruego más allá del Círculo Polar Ártico. Tailandia tendría que esperar.
Antes de partir, el Douglas C-47 entró a un hangar británico en calidad de avión militar y salió en calidad de chiva colombiana: pintura fractal, chontas atadas bajo las alas, un calendario de Pielroja en la cabina, dos sofás, un bar bien surtido, un parlante encantado que reproducía música sin cables, una mesa de billar giroscópica autoequilibrada que también funcionaba como ping pong, y — siguiendo el protocolo chiva — una serie de leyendas pintadas a mano sobre el fuselaje: Dios es mi copiloto, Mañé manda, La que se va no vuelve, y una que Otavito firmó personalmente con un balde de pintura blanca y la convicción de un patrón nominal: Chonta Pirobo. Que el insulto fuera, accidentalmente, el nombre del antagonista que torturaba a Jaime en sueños cada noche, era una coincidencia que ninguno de los tres detectó en ese momento y que Isa, que sí la detectó, decidió archivar bajo cosas que tal vez signifiquen algo, tal vez no. Los mecánicos del SAS firmaron el acta de modificaciones sin leer.

Volaron al norte. El sol no se ponía. Aterrizaron junto a un delta helado donde una chalupa marca Temu Enterprises — importada, decía la etiqueta orgullosa, desde Tailandia — los esperaba con la promesa implícita de hundirse en cualquier momento. Remaron hacia el interior. A unos doscientos metros, sobre el agua misma, caminaban tres señoras feas con la fealdad rigurosa que en otras culturas se considera mérito profesional, agitando los brazos en señas que cualquier marinero habría interpretado como devuélvanse. Otavito, que llevaba seis idiomas en el bolsillo y ninguno era el lenguaje internacional de los gestos, se puso de pie en la chalupa, alzó la mano libre, y gritó:

—Mr. Elber Galarga, at your service!
Las orcas emergieron entonces, cuatro o cinco, y la diplomacia se interrumpió por motivos hidrodinámicos. El golpe que decidió la jornada fue de Otavito: arrancó una halabarda de la cintura, la balanceó como quien sopesa un harpón ballenero — porque en la cabeza colombiana toda asta larga con punta es harpón hasta que la realidad la corrija — y la lanzó con el peso de un brazo agigantado contra la orca más cercana, clavándosela entre las paletas del lomo con un thunk que sonó a contrato firmado. La orca se sumergió arrastrando la halabarda como bandera incrustada. Las otras, persuadidas, se retiraron a aguas más interesantes.
Lo que no se retiró fueron los gigantes. Más arriba, en lo alto de un muro de hielo que el ojo apenas alcanzaba a distinguir, tres siluetas habían empezado a interesarse por la conmoción acuática y a lanzar icicles del tamaño de columnas vertebrales hacia el agua. La chalupa Temu — fiel a las expectativas de su procedencia — recibió tres impactos casi simultáneos y se deshizo por las costuras con la dignidad incompleta de un mueble armado por instrucciones mal traducidas. Lo que era una embarcación se convirtió en cinco tablas grandes y un puñado de astillas en menos de cuatro segundos. Otavito saltó sobre una tabla con la coordinación de un surfista que ha tenido más suerte que entrenamiento; Jaime aleteó la capa voladora un metro por encima del agua; Isa, ya invisible por hábito profesional, abordó el remolino de las brujas-fey que le tendieron una mano traslúcida con la indiferencia administrativa de quien ya ha rescatado a más de una visita imprudente.

Resultó que las señoras eran criaturas fey desplazadas a este plano y no estaban atacando sino protegiendo algo que se aclararía después. Por el momento se aclaró un trueque: Otavito sacó monedas de cobre y compró una caña de pescar que parecía más bien un anzuelo ceremonial. Isa, mientras hacía el cambio, percibió que el objeto fey arrastraba una deuda con el plano de los dioses calculable en un cuatrocientos por ciento sobre su valor nominal. Aceptarlo era contraer crédito celestial al interés más feo del mercado — los prestamistas terrenales mandan a un cobrador con un bate; los celestiales mandan a la trama, que es peor —. Pagar no era su problema esa tarde; identificarla, sí.
El fandango duró seis horas, encajado en el medio de la cacería del Parrandón como una coma improbable que decide quedarse a vivir en el centro de una oración. Empezó con aguardiente compartido de la cantimplora que oficialmente contenía whisky pero nunca lo había contenido, siguió con porros cantados desde la fogata, escaló con ilusiones que las brujas conjuraron por cortesía para amenizar — mujeres hermosas que se desvanecían si uno las miraba con la concentración equivocada —, pasó por una ballena frita que Isa puso a la lumbre con buena fe y que terminó carbonizada porque nadie estuvo en condiciones de retirarla a tiempo, y culminó con los remos de la chalupa convertidos en leña porque alguien — el registro histórico es magnánimo y no señala — decidió que el fuego necesitaba mantenimiento. Otavito en taparrabos secando la armadura cerca de las brasas. Una de las brujas, rebautizada Matilde por aclamación, riéndose con una risa que tenía cuatro dientes y trescientos años. Al despedirse, las brujas regalaron una bomba alquímica con olor a mofeta, una lanza ceremonial envuelta en la deuda divina del cuatrocientos por ciento, y la dirección exacta del problema verdadero: un templo escondido tras un muro de hielo, custodiado por tres gigantes.

Los gigantes estaban a cuarenta y cinco pies de altura sobre el muro y gritaban ni un paso más en un idioma que ninguno de los tres entendía pero cuya intención era reconfortablemente clara. Empezaron a llover icicles mágicos lanzados desde ciento veinte pies. Jaime desplegó la capa voladora y subió por el aire. Isa coordinaba desde abajo con la voz ronca de la noche anterior. Otavito, agrandado, golpeaba el muro con la paciencia de un picapedrero asalariado.
Lo que ocurrió a media altura calificó como tragedia en cualquier panteón nórdico que se respete. Uno de los gigantes, herido de muerte y consciente de la oportunidad teológica, atrapó a Jaime con las dos manos, se tiró al vacío, y mientras caía gritó hacia el cielo gris:
—Valhalla, welcome me!
Cayeron los cuarenta y cinco pies juntos. El gigante murió en el impacto con la satisfacción cumplida del que ha logrado entrar al más allá por la puerta correcta. Jaime no murió, lo cual constituía una victoria parcial, pero quedó piñado bajo el cadáver con un pie descalzo asomando hacia afuera como una protesta menor.
Otavito vio el pie descalzo, evaluó la situación con la rapidez profesional del cocinero que ha visto demasiadas ollas a punto de hervir, y procedió por intuición. Levantó el cadáver del gigante suicida y lo usó como palanca contra el muro. Jaime salió disparado hacia arriba con la trayectoria de un proyectil orgánico, machete en mano, y mientras cruzaba el aire en dirección al gigante de los icicles gritó con todo el aire que le quedaba:
—¡Segovia, hijueputa!
El golpe conectó con la precisión que sólo conceden las chances de una en un millón, que como todo el mundo sabe salen bien nueve de cada diez veces. El gigante de los icicles se desplomó por el precipicio. Un fueguito persistente — encendido al principio del combate por una razón que nadie recordaba ya — lo remató en el camino abajo con la indiferencia administrativa de los fuegos que cumplen su turno sin que nadie los supervise.
Subieron al muro. Isa repartió cuatro curaciones sucesivas en la entrada del templo con la eficiencia de quien gestiona una sala de espera. El templo estaba oscuro, frío, y vacío de la forma específica en que están vacíos los templos que llevan siglos esperando visita. Adentro había un pedestal. Otavito, fiel a la doctrina diplomática que lo había llevado hasta ahí, lo tocó. El pedestal se encendió. Otras superficies en el templo empezaron a encenderse con él, revelando líneas horizontales que conectaban puntos en el piso con la geometría discreta de un acertijo bien diseñado. Era — Isa lo identificó con la calma de quien ha leído sobre estas cosas — un teletransportador apagado, que requería que alguien conectara las luces en el orden correcto.
Otavito se acercó a la entrada, examinó la geometría con respeto profesional, y declaró al aire del templo con la solemnidad ceremonial de quien instala una contraseña en un servidor cósmico:
—Mr. Elber Galarga.
Nadie respondió. La puerta del teletransportador, que no estaba abierta, no se abrió todavía.
Nota del narrador: La frase, dicha en voz alta en un templo vacío, queda registrada en la acústica del lugar como una firma. Los templos guardan estas cosas. La trama también. El teletransportador seguirá apagado exactamente el tiempo que la próxima sesión necesite que esté apagado, ni un minuto más ni un minuto menos — así operan estos aparatos, con una puntualidad que el resto del universo envidia.
Publicado 2026-05-15 · chronicle (whisper + claude + gemini)