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15-05-2026 | "Por el whisky, mi rey" — dijo una boca llena de riñón

Publishing…Hay una clase específica de competencia que sólo se desarrolla en los búnkeres alemanes del año cuarenta y dos, y es la competencia entre la oscuridad y los que tienen que cruzarla. La oscuridad lleva ventaja de fábrica. Los que la cruzan, por lo general, llevan linternas, plegarias, o —en los casos más prácticos— una bibliotecaria con la mano firme y dos hermanos a remolque.

Isa había decidido, sin necesidad de votación, que la única forma de atravesar el primer piso era llevarse a los dos reyes de la mano. A Otavito porque no tenía anteojos de obsidiana y la oscuridad lo había convertido en un bulto razonablemente grande pero ciego; a Jaime porque Jaime, mientras Isa preparaba el itinerario mental del recorrido, se había sentado en un trono ajeno —un sillón electromagnético, abandonado, con respaldo en forma de águila administrativa— con las piernas cruzadas sobre los descansabrazos, y se había bebido tres aguardientes en cuarenta segundos cronometrados¹.

¹ La velocidad de ingesta del aguardiente, en condiciones de estrés táctico, sigue una curva inversa al instinto de conservación. Los manuales militares colombianos —que no existen pero deberían— consignarían el fenómeno bajo el rubro consumo ritual previo a la mala decisión.

El puzzle del piso, con sus luces parpadeando en una secuencia diseñada para ser humillante, no le tomó a Isa más de lo necesario. Lo difícil no fue el puzzle. Lo difícil fue empujar a Otavito por el codo y arrear a Jaime por la manga al mismo tiempo, dictándole a uno acá hay un escalón, mi rey y al otro baje la cantimplora, mi rey, con la paciencia de una institutriz victoriana cuyo sueldo no cubre los daños colaterales. Las luces obedecieron en el orden correcto. La puerta cedió. Los tres pasaron al segundo piso con la dignidad reducida pero intacta, que es la única dignidad que se puede pedir a estas horas.

El segundo piso era un osario.

No un osario en el sentido pintoresco que la palabra tiene en las catedrales europeas, sino en el sentido industrial: cientos de esqueletos completamente pelados, sin una fibra vegetal entre ellos, alineados por la fuerza centrífuga de un desastre antiguo. La carne había sido removida con la prolijidad de un proceso químico bien calibrado. Entre las costillas asomaban ojales metálicos de bota; entre los fémures, zippers; el detalle militar industrial enterrado en lo orgánico como una firma. Y de una columna vertebral, cuyo cráneo todavía colgaba por puro hábito anatómico, pendía un dog tag estampado con el sello del Instituto para el Mejoramiento Humano.

—El Instituto mandó militares acá —dijo Isa, leyéndolo de cerca—. No volvieron.

Otavito, fiel a su criterio profesional, recogió la columna con el cráneo todavía pegado y se la colgó del cinturón. La iba a incorporar a una armadura que venía construyendo desde hacía meses, proyecto del que ni Isa ni Jaime conocían los detalles arquitectónicos pero del que ya habían aceptado, por agotamiento, la existencia. Había también estatuas de lobos en el pasillo, muy bien talladas, que cuando se las tocaba no hacían absolutamente nada — pequeño anticlímax que en otro búnker habría sido tranquilizador y en éste no lo fue.

No fueron los lobos.

Saltaron, en cambio, dos criaturas que la imaginación del Instituto había decidido construir sin cabeza: aparatos enteros de mandíbulas montados sobre cuellos truncos, criaturas que eran únicamente el aparato de morder, sin la inconveniencia de un cráneo que las contuviera. Cayeron sobre Isa con la urgencia administrativa de algo que lleva años esperando un turno.

Isa cayó en el suelo. No se desmayó. La diferencia importa.

La mordida le entró por el costado con una precisión que el universo, en sus momentos más crueles, sabe administrar con virtuosismo, y los pedazos de riñón empezaron a salirle por la boca mientras todavía intentaba pronunciar un conjuro defensivo. Murió antes de terminar la sílaba².

² El narrador, que en otras ocasiones eufemiza por cortesía editorial, en este caso transcribe el detalle anatómico tal como ocurrió, porque eufemizar una muerte así sería traicionar la única cosa que le quedaba a la fallecida: el hecho ocurrido.

—¡Cascaron a la niña! —gritó Otavito, y la frase quedó suspendida en el pasillo como una bandera improvisada.

Se puso la gorra cajetica de Pilsen con las palabras mi rey bordadas encima, la gorra que lo agrandaba hasta un tamaño que sorprendía a los pasillos, y se lanzó contra la criatura más cercana con la furia indignada de un cocinero al que le han ofendido la mesa. Falló. Volvió a fallar. Dos veces seguidas, con la dignidad específica de la furia que no conecta — esa dignidad triste que tienen los golpes anchos que pasan por encima del objetivo y se gastan en el aire. La segunda criatura le entró por el flanco. Otavito cayó también, agrandado y todo, con la gorra todavía en la cabeza.

Quedó Jaime, solo, con la espada en alto y el cuerpo de su hermana a tres metros, contra dos aparatos de mandíbula que no tenían ojos pero sabían exactamente hacia dónde mirar.

Entonces algo brilló bajo la blusa de Isa.

La lágrima de cristal, que llevaba semanas eligiendo y archivando preferencias en silencio, decidió que su preferencia había sido siempre Isa, y que el momento de demostrarlo había llegado con la puntualidad humillante de las cosas que esperan demasiado tiempo³.

³ La lágrima, según consta en literatura interna que nadie ha escrito todavía, disponía de tres deseos. Uno se gastó allí. Quedaron dos. La cuenta importa por razones que se aclararán más tarde, o no se aclararán nunca, que es lo mismo en términos administrativos.

Isa se levantó. Pero no se levantó Isa exactamente: se levantó una versión de Isa de aproximadamente cuatro metros, curada hasta los huesos, sin el riñón en la boca, con la mirada concentrada en el hecho de seguir existiendo a una escala distinta. No dijo nada. Hablar habría sido un desperdicio del momento. Lo que hizo, en cambio, fue agarrar a una de las criaturas por el cuello trunco y reventarle la mandíbula con un crujido que el pasillo recordó durante meses.

Otavito, recuperado por reflejo cosmológico, vio la apertura. Se metió por la boca abierta de la criatura con la decisión de quien entra en una cocina ajena, y la destrozó desde el esófago. La criatura se deshizo desde adentro con la sorpresa administrativa de algo que no esperaba ser comido por su propia presa.

La otra criatura cayó bajo el machete de Jaime, que en ese golpe descubrió, por primera vez en varias campañas, que el machete absorbía la carne de lo que mataba. Comía lo que cortaba. Era una propiedad nueva del filo, o una propiedad vieja que el filo había estado guardando para una ocasión digna, y el hecho de descubrirla en medio de aquel pasillo le pareció a Jaime, con la lucidez del borracho que acierta, exactamente apropiado.

Quedaron los tres en pie, entre cadáveres viejos y nuevos, jadeando con una desproporción tonta. Néstor —que también estaba ahí, porque siempre está ahí, aunque la prosa lo haya omitido por economía— abrazó a los dos hermanos con la fuerza específica del que está sacando a alguien de un sitio del que no se vuelve solo. Jaime se dejó abrazar. Es lo único que se puede hacer, en algunos casos.


La cámara siguiente era interdimensional, climatizada a veinticuatro grados exactos, con esqueletos decorativos a los lados que el diseñador original probablemente había considerado acogedores. Allí descansaron. Isa cocinó chorizos por primera vez para los otros dos —tres chorizos puestos a asar a distancia prudencial, por una paranoia gastronómica que la sesión anterior había sembrado y nadie pensaba arrancar—. Jaime cambió la camisilla de Segovia por una armadura mejor, pequeño rito de pasaje material. Otavito, anunciado a la mesa con la solemnidad de quien hace una declaración de principios, dijo:

—Casa, huevón. Que no nos peguen más.

Lo cual, dado quién lo decía, equivalía a un pacifismo de Estado.


Bajaron a la cueva siguiente.

Allí, sobre una montaña de oro que tenía la profundidad estructural de una piscina termal, dormía un dragón rojo del tamaño aproximado de un suburbio pequeño. Jaime, mirando el oro antes de mirar al dragón, eligió en silencio a los dragones como enemigo predilecto, por instinto puro, sin saber todavía que tenía uno enfrente⁴.

⁴ La selección instintiva del enemigo predilecto, en la literatura comparada, suele preceder a la aparición física del enemigo en cuestión por márgenes que la estadística declara sospechosos. El narrador no opina.

El dragón abrió un ojo. Jaime, en lugar de desenfundar, levantó la cantimplora.

—Amigo —dijo—. Guarito.

Fue, posiblemente, el conjuro diplomático más simple del mundo, y funcionó con la eficiencia de los conjuros que no se anuncian como tales. El dragón emergió del oro como un tío rico de historieta saliendo de una piscina, demostrando de paso que el oro era más profundo de lo que parecía, y aceptó la cantimplora. Bebió. Devolvió la copa de peltre con una reverencia de ceremonia japonesa, sostenida con dos garras, en un gesto que ningún manual de etiqueta dragontina había previsto.

Se intercambiaron botellas. Sake. Whisky. Limoncello. Una botella valuada en cuarenta y cuatro millones de dólares entregada como tornavuelta —no mágica, sólo cara, que es la otra forma de ser sagrada—. A cambio, baldes de aguardiente. Baldes de la tarrasca usados como vasos de shot, bajo la condición explícita de que las botellas se abrieran y se bebieran, porque el dragón consideraba indecente coleccionar licor sin consumirlo.

Y entonces dijo, con la sencillez de quien archiva por fin un secreto:

—Me llamo Sváfnir. No soy uno de tus parrandones. Soy un dragón verdadero. Huí de la Voz de Tiamat, de otro mundo, y este lugar es mi refugio. Me puedes decir Isa, si querés —añadió, dirigiéndose a Isa, y el diminutivo le salió raro pero sincero, como sale el diminutivo a quien lo aprende por primera vez.

La cosmología del grupo —esa estructura que llevaban meses ordenando con esfuerzo— crujió ligeramente y se reacomodó. Había dragones de verdad. Había también, según explicó Sváfnir con la cortesía de quien comparte un diagnóstico médico, un ritual en marcha para robarles la lágrima — un demiplano anclado a la Tierra como un anzuelo clavado en una boca, tirando despacio. Sváfnir se ofreció a llevarse la piedra por un día encima, como señuelo. Juró por los fiordos, que en su cosmología son lo que en la nuestra son los notarios.

Isa miró a Otavito. Miró a Jaime. Soltó la lágrima.

El dragón la tomó con la delicadeza de quien recibe un huevo, y entregó a cambio un pergamino antiguo que nadie se molestó en leer en ese momento. Después, con la fórmula administrativa más cortés que el universo conoce, anunció:

—Los teletransporto como fantasmitas.

El stall en el aire que duró un instante era, en realidad, el conjuro casteándose.


Aterrizaron en una costa fría.

No era la Tierra. El sol era de otro color, ligeramente más amarillo de lo que debería, y arriba —apenas visible contra el azul desconocido— una luna giraba al revés, con la cara que en los manuales lunares se considera oculta vuelta hacia los espectadores en un gesto que parecía deliberadamente íntimo. No había estrellas conocidas. El viento traía sal y un frío que no era el frío alemán que acababan de dejar atrás.

Los tres estaban despojados. La camisilla de Segovia, los anteojos de obsidiana, los collares con forma de escorpión que se activaban apretando un botón, las coronas gemelas, la gorra cajetica de Pilsen — todo se había quedado del otro lado del conjuro. Reducidos a su mínima expresión, los tres se acomodaron en la playa según sus naturalezas respectivas.

Otavito se recostó sobre la arena, cerró los ojos, y se quedó dormido en una siesta finalmente pacífica, con el aire de quien ha cumplido su declaración de principios y se siente, por una vez, en regla con sus propios votos.

Jaime se sentó mirando el mar, fijado en una sola palabra que repetía sin moverla de los labios: Chonta. Chonta. Chonta. Como un mantra que no admite tregua, ni siesta, ni traducción.

Isa miró hacia arriba, hacia la luna al revés, y empezó a contar lo que veía con la paciencia de quien sabe que la cosmología recién se está abriendo.


Nota del narrador: Quedan dos deseos en una lágrima que ahora viaja sobre el lomo de un dragón verdadero, en un mundo que el grupo todavía no entiende y al que llegaron sin equipaje. El Instituto, mientras tanto, sigue cocinando en Alemania con la paciencia propia de quien cree tener cinco mil años para terminar la receta, ignorante todavía de que tres figuras humanas se han caído del tablero hacia una orilla que ningún mapa registra. El ritual que iba a robarles la piedra muerde, en este momento, un anzuelo que no es la piedra. Eso, en términos estratégicos, se llama tiempo ganado; y el tiempo ganado, como cualquier consultor honesto sabe, es lo único que separa una campaña perdida de una campaña que todavía puede ganarse.


Publicado 2026-06-01 · chronicle (whisper + claude + gemini)