17-04-2026 - Sesion 20260417 - C47 y el Primer Motor
Hay varias cosas que el diseño de los aviones da por sentadas, y una de ellas —silenciosamente pero con consecuencias— es que quien suba a uno tiene intención de moverse hacia adelante. La reversa, esa cortesía que los automovilistas consumen sin pensar, no figura en la ingeniería aeronáutica por razones que parecen obvias hasta que uno está tratando de sacar un C-47 de un hangar sin que el morro se lleve la pared de enfrente.
Farruk les había regalado el aparato con la cortesía cansada de quien entrega juguetes peligrosos a gente que probablemente los va a usar contra el enemigo correcto. El C-47 llevaba modificaciones no documentadas, permisos en regla para todo el espacio aéreo aliado, y una resistencia vaga a la magia —no inmunidad, aclaró Farruk, como quien subraya un pie de página legal— que nadie del grupo pensaba poner a prueba a conciencia. Había también una misión: volar a Alemania, infiltrarse en la sede europea del Instituto para el Mejoramiento Humano, y enfrentarse al parrandón de los constructos, que era el término que Ottavito había fijado con cemento para referirse a los arquetipos cósmicos corrompidos y que nadie tenía ya la energía de corregir.
¹ En la literatura comparada de las conspiraciones, el apelativo cariñoso suele preceder al exterminio. Los rusos llamaron tío a Stalin durante tres décadas; los franceses se dirigieron a la guillotina con un sustantivo femenino. Llamar parrandón a un Primero primordial corrompido se inscribe dentro de esta tradición con orgullo.
Los preparativos ocurrieron dentro del orden austero que dictan dos noches de sueño reparador: Jaime y Ottavito desmantelaron el jeep bajo la supervisión severa de Isa, quien se sentó aparte a examinar la lágrima de cristal con la concentración de quien lee las cuentas de otra persona. Descubrió, con una calma que no dejó ver a los otros dos, que aproximadamente un cuarto de la esencia del cristal había sido consumido por un vacío oscuro que bloqueaba el reparto del poder. Descubrió además, con la serenidad de quien archiva información que ya no puede devolver, que la lágrima tenía preferencias, y que esas preferencias, por razones que ni Isa ni el cristal explicaban, se limitaban a los humanos. Jaime, entretanto, deliberó sobre el destino de Netitor, la gata, y terminó confiándosela a Yurra, quien prometió cuidarla muy bien con una entonación que a Jaime le habría parecido inquietante si Jaime fuera el tipo de hombre que se detiene a escuchar entonaciones.
Ottavito encontró cuatrocientos gramos de chocolate mexicano entre las pertenencias del difunto Tomás, lo guardó para el viaje, y así se asignaron las provisiones morales. Desde que habían encontrado las dos coronas gemelas en la cueva del sancocho, Jaime y Ottavito se llamaban mutuamente mi rey con la solemnidad de dos funcionarios públicos que han descubierto, tarde en la vida, que el respeto protocolar es gratis.
El despegue fue un evento pedagógico. Ottavito giró la llave, tiró de varias palancas en el orden que le pareció más razonable, y descubrió —con el pánico controlado de quien hace descubrimientos tarde— que los aviones no tienen reversa. Resolvieron la crisis empleando la técnica colombiana universal aplicable a cualquier vehículo que se niega a cooperar: Jaime se bajó, se puso detrás de la cola, y empujó. El C-47 salió del hangar arrastrado por la palanca humana de Jaime Jaramillo, que a esa altura de la campaña ya era una categoría estructural del universo. Bautizaron al aparato Charola 2 por votación apresurada. Isa anunció que le buscaría un mejor nombre con más tiempo, promesa que tenía la misma solidez operativa que las promesas electorales.
En pleno despegue el motor tosió, y la radio estalló con la voz de Farruk, lejana pero urgente, gritándole a Isa desde Inglaterra que subiera el tren de aterrizaje o se iban a quedar sin combustible antes del primer mar. Isa obedeció. El motor dejó de toser. Isa se hizo una nota mental que contenía, literalmente, las palabras bajarlas antes de aterrizar, y archivó la nota en el lugar donde guardaba las cosas que los adultos recuerdan por los otros dos.
Dos semanas de vuelo pueden comprimirse, si uno es honesto, en tres imágenes. La primera: Isa, con la paciencia de una institutriz victoriana ganando un sueldo insuficiente, poniendo a Jaime y a Ottavito a pintar nubes sobre cartulina mientras el avión atravesaba Francia de Vichy. La segunda: los dos reyes asomados por la puerta lateral del avión, midiendo con seriedad profesional la trayectoria de una boñiga bovina en caída libre sobre un potrero francés, concurso que Ottavito ganó por ventaja atlética incontestable. La tercera: los tres comiendo banchan coreano, pescado japonés y curries varios con la cortesía displicente de quien no ha reflexionado demasiado sobre la procedencia de la despensa —veintiocho cadáveres que habían sido generosos sin saberlo, porque los muertos, en general, no tienen mucho control sobre su cocina internacional².
² Los tratados de etiqueta militar consignan que el hambre es el único tribunal que dictamina sin apelación sobre el origen de las provisiones. El estómago, en estos casos, se adelanta a la conciencia por una cabeza; y la conciencia, que es lenta por diseño, suele llegar cuando ya no hay nada que pueda hacer.
Aterrizaron el domingo quince de mayo de mil novecientos cuarenta y dos, doce grados, soleado —Isa clavó los flaps y las ruedas con una concentración que honraba la nota mental archivada dos semanas antes— y descargaron el jeep sobre un paisaje alemán cuya belleza pastoral contrastaba mal con el rectángulo arrasado que se veía a un kilómetro de distancia: ochenta por cien metros de hormigón y hierro desfigurados por un bombardeo reciente. Isa preparó discretamente los conjuros de camuflaje. Repartió también los juguitos verdosos que había destilado la semana anterior, con la eficiencia administrativa de una enfermera repartiendo vitaminas a dos adultos que se habían ofrecido como voluntarios para las vitaminas sin leer el prospecto.
El ascensor estaba atascado por los escombros. Ottavito y Jaime forzaron la puerta con la coordinación torpe de dos personas que han decidido empujar al mismo tiempo sin ponerse de acuerdo sobre cuál es el mismo tiempo, y la puerta cedió con la clase de chirrido que las puertas usan para manifestar su descontento administrativo. Dentro, el aire era más frío y olía a algo que Isa identificó después de respirarlo tres veces contra su voluntad: el bombardeo no había sido el ataque, había sido la consecuencia de un ataque anterior, químico y biológico, del cual quedaba como herencia un tufo dulzón de carne podrida y un resabio ácido en los dientes.
Ottavito, que había sido formado en la tradición culinaria según la cual la cocina es simplemente química aplicada a materia orgánica con buenas intenciones, reconoció los procesos industriales del lugar con la naturalidad de quien entra en una cocina ajena. El Instituto cocinaba. Eso era lo que hacía el Instituto. Cocinaba gente, con intercambiadores de calor, con bandas transportadoras, con hornos que no eran exactamente hornos; y el resultado de esa cocina —eso lo intuyó Ottavito sin decirlo, porque decirlo habría requerido un vocabulario que ni él ni la lengua colombiana tenían disponible— era aquello que ahora se estaba ensamblando solo sobre una banda transportadora semi-steampunk, constructos humanoides todavía incompletos, quietos, esperando algo que la narrativa no les iba a conceder.
Debajo de una rejilla pulsaba una piscina. Isa la miró más tiempo del que recomendaba la cordura y dedujo que funcionaba como intercambiador de calor, con puntos calientes azul oscuro regulados por procesos que preferiría no conocer. La niebla que flotaba en el aire, con una densidad ligeramente rosácea que sólo se notaba contra las luces de emergencia, era sangre humana vaporizada. Isa no se lo mencionó a los otros dos. Había decidido, algún tiempo atrás, que la función del adulto del grupo era administrar qué información se suministra a qué hora, y la información la niebla es gente podía esperar.
Ottavito y Jaime bajaron a la banda, ocho metros, Jaime amortiguando con una agilidad que ya no sorprendía a nadie. Avanzaron hacia una puerta de acero marcada con advertencias en alemán y un campo electromagnético discreto. Ottavito la abrió suavemente, como quien destapa una olla en casa ajena, y encontró un generador enorme, algo que parecía una estación de arenado industrial, y el núcleo que —según habían deducido— mantenía operativo al parrandón de las máquinas. Ottavito, fiel a su filosofía interna, seguía vendiendo la incursión como una fiesta-sorpresa para las máquinas dormidas.
El núcleo había sido diseñado por un ingeniero del Instituto cuya principal virtud profesional, aparentemente, había sido odiar a sus colegas. Sólo una persona podía operarlo desde dentro; los manuales de instrucciones estaban afuera, con el operador externo, y para desactivarlo había que coordinar cuatro módulos independientes bajo un cronómetro poco generoso. Isa entró sola. Jaime se quedó como operador con los manuales en las manos. Ottavito, que no tenía asignación específica, decidió que la mejor contribución al colectivo en ese momento era no estorbar, lo cual en su caso significó salir al aire libre alemán con un balde improvisado y montar un puesto de chorizos de la 37³.
³ Existe una tradición, consignada por varios antropólogos que prefieren no firmar sus estudios, según la cual el cocinero colombiano desplazado a un entorno hostil levanta primero un puesto de chorizos y después se entera de dónde está. La tradición es imprecisa en sus detalles pero consistente en sus resultados.
Lo que ocurrió a continuación ocurrió en dos planos simultáneos. Adentro, en un cuarto de paredes frías, Isa cortaba cables según colores dictados por Jaime desde el pasillo —el cinco, no el seis, el cinco, mi rey—, resolvía flechas que señalaban direcciones contradictorias, y enfrentaba una matriz tres por tres que exigía ordenar caracteres bajo una lógica interna diseñada para ser humillante. Jaime dictaba letras y números con la solemnidad de un sacerdote en ceremonia: E, R, seis, siete, cuatro, jota. Isa intentaba entender por qué la matriz no respondía. El reloj del primer intento se acabó. El cuarto quedó trackeándola —palabra que el manual alemán había tomado prestada del inglés industrial con el mismo entusiasmo con que la burocracia toma prestados verbos que no le pertenecen— y que significaba, más o menos, te estoy marcando como sospechosa.
Afuera, Ottavito ondeaba una bandera hecha de chorizo sobre un palo al aire frío alemán y le gritaba al viento:
—¡Chorizo, chorizo de la 37, venga, mi rey! —lo cual, dado que no había clientes humanos en varios kilómetros a la redonda, tenía un cariz religioso.
El segundo intento salió mejor. Jaime dictó el código del módulo siguiente —cuatro, ka, tres, pe, nueve, tres, ene, eme, tres— con la precisión de quien ha comprendido, tarde pero con gratitud, que la salvación del planeta dependía de su capacidad para deletrear en voz alta sin equivocarse. Isa navegó las cinco reglas condicionales del último módulo con los dedos temblorosos por el frío y por algo más que el frío. El módulo cedió. El campo electromagnético dejó de concentrarse en el núcleo y empezó a repartirse por todo el búnker como una humedad cósmica. Adentro, Isa exhaló. Afuera, Ottavito vendió un chorizo imaginario al aire y lo cobró también imaginario.
Todas las luces se apagaron al mismo tiempo, con esa sincronía administrativa que sólo logran los sistemas que llevan décadas esperando una excusa.
Jaime e Isa activaron los anteojos de obsidiana labrada que les permitían ver en la oscuridad durante aproximadamente una hora. Ottavito, que no tenía anteojos pero tenía una paciencia colombiana probada, se quedó ciego con dignidad. Jaime desenvainó una espada cuya runa iluminadora se encendió con un resplandor que en otras circunstancias habría sido poético y en esta era meramente funcional. Isa, con los ojos adaptados, identificó el sistema de ventilación sellado y sus dos manivelas oxidadas, y consultó mentalmente si activarlas era buena idea mediante un conjuro adivinatorio menor. La respuesta que le devolvió la consulta fue, literalmente, nada, lo cual en la jerga pseudo-académica de los oráculos es peor que una respuesta negativa⁴.
⁴ Los oráculos, consignan los tratados medievales, tienen cuatro respuestas posibles: sí, no, depende, y el universo no tiene opinión sobre su pregunta, joven. La cuarta es la más honesta y la menos útil.
Isa activó las manivelas de todos modos. Los gases nauseabundos del primer piso se evacuaron con un soplido largo. Subieron por los puentes al siguiente nivel, donde Ottavito descubrió un montacargas abandonado y se montó encima con la alegría infantil de quien ha encontrado, en medio de una fábrica de horrores, un juguete que todavía funciona.
La puerta siguiente Isa la revisó por trampas y la abrió con la cautela profesional de quien ya ha aprendido a desconfiar del hardware alemán. Por la rendija salió una calavera flotante que lanzó un grito cuyo propósito principal, evidentemente, era suspender temporalmente la voluntad de seguir vivo. Isa lo recibió de frente. Ottavito lo recibió parcialmente. Jaime, por razones que el narrador no pretende explicar, resultó inmune al espanto: es posible que ya no tuviera capacidad emocional disponible para el miedo después de varias sesiones seguidas.
Ottavito se dejó caer en la furia precisa de alguien cuyo sistema nervioso tiene instrucciones claras al respecto, y se puso la gorra cajetica de Pilsen —que, a los efectos de la ficción y de una realeza compartida, funcionaba también como corona, amplificaba el tamaño de quien la llevaba, y tenía bordadas encima las palabras mi rey—. La gorra lo agrandó hasta un tamaño que sorprendió incluso al pasillo. Jaime, con una sincronicidad protocolar, desenfundó su propia corona —una diadema metálica ochentera que había pertenecido a un rey olvidado cuya historia nadie tenía tiempo de contar— y, con un gesto que en términos metafísicos se describe como prestar el cuerpo, conectó su vida con la de Isa para repartirse las heridas entre los dos⁵.
⁵ La hermandad, cuando se ejecuta con suficiente convicción, funciona como un sistema redundante de almacenamiento de heridas. Es también, en algunos casos documentados, la única razón por la que dos personas llegan juntas al final de una semana mala.
De la sombra de Isa emergió otra sombra, porque el universo tiene un sentido del humor particular, y le clavó un golpe que se repartió entre los dos hermanos con la imparcialidad de una herencia mal resuelta. Isa quedó debilitada —enferma hasta los huesos, sin fuerza en los brazos, con la mirada concentrada en el hecho administrativo de seguir existiendo—. Ottavito falló tres golpes seguidos contra el enjambre de dientes, lo cual, considerado estadísticamente, era casi una proeza. Jaime activó un traje blindado que lo dejó inmovilizado pero protegido, falló la salvación inicial, la repitió con la necedad de quien se niega a aceptar un primer veredicto, y el universo, por una vez, cedió con una generosidad rara, convirtiendo lo que iba a ser un desastre en un golpe certero.
En medio de todo eso —con la sangre en el pasillo, la calavera flotando con expresión confundida, Ottavito agrandado ocupando cuatro veces el espacio razonable, y el traje de Jaime chirriando mientras él intentaba desbloquearlo— Isa alzó una cantimplora hacia Jaime, que estaba a tres metros y a una dimensión metafísica de distancia, y dijo con los labios pálidos y temblando de frío:
—Por el whisky, mi rey.
—Mi rey —respondió Jaime.
Brindaron. Era un gesto absurdo. También era, con mucha probabilidad, el único gesto disponible en ese momento que todavía tuviera forma humana. El aguardiente de la cantimplora —porque no era whisky, nunca había sido whisky, era aguardiente en envase adaptado— tenía esa cualidad específica que tienen los brindis hechos en medio de matanzas: la de recordar, a quien todavía puede recordar, que se brinda precisamente porque algo se acaba.
Jaime desmoralizó a la calavera con la espada en alto y el escudo subido. Ottavito, después de tres fallos espectaculares, conectó el cuarto golpe con una precisión recuperada. El enjambre completo explotó en un estallido de fragmentos y oscuridad condensada que alcanzó a los tres; Isa gritó la advertencia a tiempo, los reflejos se repartieron con equidad discutible, y los esqueletos que emitían la oscuridad se apagaron al mismo tiempo que el pasillo recuperaba algo parecido a la visibilidad normal.
Entre los restos había objetos mágicos, porque siempre hay objetos mágicos entre los restos; el más útil fue un grabado que la armadura aceptaría como mejora, y que Isa guardó con la indiferencia de quien administra botín desde hace meses. Ottavito golpeó una olla industrial que había llamado su atención por razones puramente profesionales y descubrió, con el entusiasmo del cocinero que encuentra un ingrediente imposible, que contenía ácido puro concentrado de una pureza alquímica extraordinaria. Ciento diez galones. Bastante para hacer daño al universo en varias direcciones.
Empujaron el montacargas a la piscina del intercambiador, más por curiosidad estructural que por estrategia, y el piso cedió con el crujido educado de las superficies que llevan décadas esperando una excusa para rendirse. Abajo, en un sótano que hasta entonces sólo había existido como rumor, contenido por campos electromagnéticos que recién empezaban a parpadear porque su núcleo ya no los alimentaba con la antigua disciplina, algo ocupaba una parte considerable del espacio. Era parcialmente visible entre las líneas de fuerza. Tenía el contorno que tienen las cosas a las que uno les pone la palabra Primero adelante y el resto del nombre después.
Isa pidió recordatorio mental sobre las defensas del monstruo. Alguien le indicó que resistía todo lo que no fuera adamantina, y aun la adamantina con reticencia administrativa; el narrador, que estaba tomando apuntes, añadió —con la serenidad del que comenta una cena ajena— que esa no era toda la información disponible sobre la criatura. Isa lo archivó.
Ottavito, a quien nadie había pedido nada, se acercó al contenedor de ciento diez galones de ácido concentrado, apoyó los pies, ejerció una tracción atlética que en cualquier otro contexto habría sido objeto de estudio universitario, y arrancó el recipiente entero del piso como quien alza una olla grande en la cocina de la casa. Se lo echó a la espalda. Avanzó hasta el borde del hueco en el piso, doblado bajo el peso, agrandado todavía por efecto residual de la gorra cajetica, con la gorra todavía en la cabeza y las palabras mi rey todavía bordadas encima, y miró hacia abajo.
El Primer Motor, desde abajo, todavía no se había dado por enterado.
Nota del narrador: La lágrima, mientras tanto, ya había elegido a alguien, aunque ese alguien no lo sabía y probablemente no lo sabría hasta que fuera tarde para renunciar al encargo — así operan estas cosas, con una cortesía administrativa que nadie pidió. El Instituto, en los pisos que el grupo todavía no había visitado, seguía cocinando con la paciencia propia de quien cree tener cinco mil años para terminar la receta; y los parrandones —porque ése quedó siendo su nombre oficial, contra el criterio unánime de la filología— no se acaban en este búnker ni en los seis siguientes. Consta además, para propósitos de cronología interna, que un tal Ricardo Castro avisó su ausencia a la mesa con diecisiete meses de anticipación, que es exactamente la clase de puntualidad que algunas campañas merecen y que, por razones que escapan al control del narrador, casi nunca reciben.
Ilustraciones




Publicado 2026-04-23 · chronicle (whisper + claude + gemini)