Skip to main content

01-05-2026 | Sesion 20260424

Publishing…Hay una verdad consignada por la ingeniería militar y rara vez impresa en los manuales: ningún plan sobrevive al primer barril de ácido. La afirmación es estadísticamente sólida, lo cual es ya una rareza para una afirmación que contiene la palabra barril. Le cabe además un corolario, redactado por el mismo comité ficticio: cuando el barril pesa ciento diez galones y la persona que lo carga es Octavio, la supervivencia del plan se reduce a una variable binaria que depende menos de la voluntad humana y más de la inclinación de la trama.

Los diez minutos que el grupo se concedió para curarse, después del enjambre de cráneos, fueron diez minutos en sentido estricto. Isa repartió ungüentos con la severidad de una farmacéutica regional. Jaime se quitó parcialmente el traje blindado para que los huesos de las costillas volvieran a su orden alfabético. Otavito, a quien la cocina industrial le había hecho un ojito desde la sala de al lado, contemplaba el barril de ácido concentrado con la mirada del que ya ha decidido algo y todavía no se lo ha comunicado a su espalda.

Lo amarró primero con una correa improvisada. Una salpicadura le cayó en la nuca, le dejó un surco caliente del tamaño de una decisión mal tomada, y le bastó para descartar el método. Lo levantó por las asas, entonces, como quien alza una olla de sancocho para una familia numerosa: con respeto, con las rodillas correctas, y con la convicción de que esto se hace porque alguien tiene que hacerlo.

¹ La cocina colombiana ha producido, entre otras cosas, un protocolo informal para alzar ollas pesadas que la ingeniería estructural alemana, de haberlo conocido a tiempo, habría impreso en los manuales de operadores de planta. La diferencia central es que el manual colombiano no lleva firma, no exige guantes, y se transmite oralmente entre primos.

Subieron por un pasillo diseñado para personas de tamaño estándar, lo cual fue inconveniente porque Otavito, por efectos residuales de la gorra cajetica de Pilsen y por una dieta optimista, ocupaba un pasillo y medio. La puerta del primer descansillo le dio problemas a Isa: el estuche de ganzúas, después de varias semanas de sobreuso, se había convertido en una colección de palitos resentidos, y un pick se quedó dentro de la cerradura como recordatorio. Jaime resolvió la cuestión con un machetazo de la espada de adamantina que no abrió la puerta sino que la borró del concepto general de puerta, lo cual, administrativamente, era equivalente.

Adentro encontraron lo que el Instituto, con su pasión por la rotulación, llamaba sala de comunicaciones: un altar de bronce cubierto de potenciómetros, un micrófono con la dignidad de un púlpito, y un tablero etiquetado en alemán cuya función central, dedujo Isa después de leerlo dos veces, era difundir música por todos los altavoces del búnker simultáneamente. Tenía además una función de bucle, marcada con la palabra Loop en una cartelera que parecía orgullosa de su préstamo lingüístico.

Jaime se acercó al micrófono con una idea que no había anunciado a nadie. Carraspeó. Y, en una sala de comunicaciones del Tercer Reich, en mil novecientos cuarenta y dos, entonó:

—Boquita de caramelo, dulce de leche…

Rodolfo Aicardi, que en otra dimensión sonreía sin saberlo, se vio repentinamente exportado a un búnker electromagnético. La canción salió por trescientos altavoces a la vez. Otavito agarró a Isa por la cintura con la firmeza del bailarín no consultado y la obligó a un par de vueltas que ella concedió por economía de discusión. La acompañó después con percusión sobre el barril de ácido —golpe de cuchara contra metal, ritmo de fonda costeña— y comentó, sin dejar de seguir el compás:

—Mis aportes son thoughts and prayers, sonido de cucharas.

² El concepto de thoughts and prayers aplicado a una operación de sabotaje contra una entidad cósmica primordial constituye, en la literatura comparada, un caso interesante de transferencia de fórmulas administrativas a contextos donde no funcionan. Funciona, sin embargo, lo suficiente como para mantener el ritmo.

A Isa se le encendió un bombillo —metafóricamente, porque las luces seguían apagadas desde el módulo de la sesión anterior— y entendió, con la claridad fría de quien ya ha vivido esto antes en otra lengua, que la canción de control con la que el Instituto había sometido a sus constructos podía grabarse encima de Boquita de Caramelo y dejarse en bucle. Los constructos obedecerían a su himno; el himno los neutralizaría. La elegancia administrativa del plan tenía mucho de venganza poética.

Tres intentos hicieron falta. El primero salió plano. El segundo se le subió a Jaime una nota que no estaba en la partitura colombiana original. El tercero, ejecutado bajo una concentración invocada en último momento —una fuerza fina y luminosa que Isa se aplicó a sí misma con la misma naturalidad con que otra persona se ajustaría las mangas—, quedó grabado³. Isa cerró el bucle. Para sellarlo, vertió un chorrito del barril sobre la cerradura de la sala, que se selló con una mueca química.

³ La reserva de causalidad narrativa que los personajes invocan cuando la trama amenaza con desviarse es un recurso limitado, contabilizado por una administración cósmica que no expide recibos. Quien la usa, sin embargo, raramente se arrepiente; los recibos llegan después, en otra moneda.

En los altavoces, contra la música ligera, las alarmas de los constructos empezaron, sin querer, a imitar el compás. Boquita de caramelo se convirtió en la banda sonora oficial del facility, en contra del facility, mientras el facility seguía existiendo.


Bajaron por el shaft del montacargas hasta la sala de la piscina. En el pasillo, Otavito iba al frente con el barril sobre el hombro como un cargador en un mercado de pueblo, y Jaime, detrás, le cantaba al pasillo:

—A la máquina, na na na.

Lo dijo desde detrás del escudo levantado, lo cual le confería al canto una autoridad procesional que no le correspondía.

Encontraron primero un laboratorio que olía a química limpia: beakers ordenados por altura, erlenmeyers con tapón esmerilado, frascos rotulados Calcium, Natrium, Anis, Kümmel —porque la línea entre laboratorio alquímico y despensa, en la cocina alemana, había sido siempre una línea negociada. Otavito fichó un recetario ilustrado de la repisa y se lo metió en el bolsa de almacenamiento, que ya cargaba más libros que un seminarista en quinto año. Jaime intentó esconderse dentro de una caja de madera por motivos que no aclaró; la caja cedió, hizo ruido, y un puntico láser rojo —rojo de los que no se discuten— apareció desde abajo, atravesó el piso por donde Jaime acababa de aterrizar, y dejó un agujero del tamaño de una conversación importante.

Target acquired —dijo nadie, con un acento que era mitad inglés industrial y mitad alemán de manual, y que sin embargo todos entendieron.

El piso se rompió primero por los bordes y después por todo lo demás. La piscina del intercambiador, dos pisos abajo, escupió hacia arriba una columna de agua y electricidad simultáneas, y de la columna emergió el Primer Motor con la gracia ofendida de quien ha sido despertado a una hora indecente. Tenía turbinas en lugares donde otros tendrían hombros. Tenía un cañón en el hombro derecho, con un puntico rojo que se posó sobre Otavito y se quedó ahí con la paciencia administrativa de una notificación⁴.

⁴ La marcación para erradicación es, en términos pseudo-académicos, una declaración de intenciones por parte de un sistema que ya no considera necesario disimular. La cortesía del puntico rojo consiste en no requerir traducción.

Disparó. La pared del fondo desapareció. Otavito, que estaba en la trayectoria, se había movido medio segundo antes por un pellizco que nadie había administrado oficialmente: una mano invisible —Isa, recién estrenada bajo una nueva capa de invisibilidad puesta con la solemnidad con la que se estrena un sombrero— le había clavado una jeringa de adrenalina disfrazada de pellizco en la nalga, y Otavito había saltado por reflejo. La pared se llevó el aire que él habría ocupado.

Soltó el barril. Entró en la furia metódica que lo acompañaba en estas ocasiones. Jaime atrapó el barril en el aire —porque Jaime atrapa cosas, esa es su función estructural— y lo balanceó por las asas como una olla familiar grande. El Primer Motor recibió un escudazo que lo dejó tendido. Jaime se le subió encima, levantó el barril sobre la cabeza, y vació los ciento diez galones de ácido alquímico puro sobre el chasis prono. El metal silbó. La narrativa silbó con él.

Apareció entonces, por una puerta que no estaba antes, un segundo monstruo —el Parrandón, fiel a la nomenclatura impuesta por Otavito en la sesión anterior con cemento lingüístico irreversible— y Otavito, agrandado todavía, con la gorra cajetica encima de la cabeza y las palabras mi rey bordadas en el frente, le partió el cuerpo en dos con un golpe único de adamantina. El número del impacto —ochenta y ocho— flotó un instante en el aire como una sentencia firmada por una autoridad ausente, y se disolvió.

—Está vuelto picha, lo curo si quiere —comentó Isa por detrás del aire vacío, con un aura de bendición visible alrededor de un cuerpo que seguía siendo invisible, mientras pasaba una rama de ruda sobre Jaime con el rigor profesional de una farmacopea casera.

Y entonces el cadáver del Parrandón empezó a contar para atrás. Runas plateadas se encendieron sobre la carcasa con un orden numérico que no admitía discusión. Un cronómetro mágico, sin permiso de nadie, decidió que era el momento de existir.

—Ah —dijo Isa, que tenía un vocabulario amplio y sabía cuándo no usarlo.

Una mano invisible salió disparada desde el aire vacío, llevando un grappling hook estilo Batman que se enganchó en el cañón de hombro del Primer Motor —el mismo que les había abierto medio muro— y lo arrancó con un tirón seco mientras el cadáver caía por el agujero del piso al sótano electromagnético. El cañón quedó en la mano invisible. El cadáver siguió contando.

—Kilómetro y medio —anunció Isa con la calma de un meteorólogo regional, después de un cálculo que hizo entre tres respiraciones—. Para arriba.

Corrieron. Cuatrocientos metros por el shaft del ascensor, después por un pasillo, después por un campo alemán abierto que el sol de mayo iluminaba con una indiferencia pastoral. Otavito, agrandado, cargaba a Jaime sobre los hombros porque Jaime pesaba menos arriba que abajo y porque alguien tenía que llevar al herido. Isa, todavía invisible, corría al lado dejando un rastro de hierba pisada que no le correspondía a ningún cuerpo.

El facility detonó. La onda no fue exactamente una onda: fue una decisión geométrica. El terreno donde había estado el rectángulo de hormigón se convirtió, en menos de tres segundos, en un cráter de dos kilómetros de diámetro con paredes vidriadas por el calor. En los altavoces que ya no existían sobre edificios que ya no existían, Boquita de caramelo dejó de sonar exactamente en el mismo instante, lo cual fue una cortesía que nadie había pedido.

Los papeles de Miguel —dos años de inteligencia, los nombres que el grupo había venido a buscar, los mapas internos del Instituto— se convirtieron en una ceniza administrativa fina que el viento alemán de mayo se llevó hacia el este sin pedir disculpas.

Llegaron al jeep. Otavito traía sobre la espalda libre un parlante industrial enorme que había arrancado al pasar de una pared lateral, porque Otavito arranca cosas al pasar y porque el parlante, según había verificado a las apuradas, llevaba dentro una propiedad menor de ilusión auditiva utilizable una vez al día —un botín de consolación que pesaba como un acuerdo prematrimonial⁵.

⁵ Los parlantes industriales, en el inventario comparado de objetos mágicos, ocupan un lugar inferior al de los anillos de invisibilidad y superior al de las cucharas encantadas; lo cual los sitúa, aproximadamente, en la categoría útil pero embarazoso.

Jaime se desplomó de los hombros de Otavito al jeep. Isa, ya visible otra vez, lo recogió con la rutina de quien ya lo ha hecho varias veces y conoce los puntos de presión donde un cuerpo decide seguir funcionando. Otavito miró el cráter con una concentración filosófica que rara vez le visitaba, y dijo, después de pensarlo bastante:

—Le echamos la culpa a Farrukh y listo.

Jaime, ya casi apagado, alcanzó a articular una respuesta con la dignidad final del que se está yendo y todavía sostiene una conclusión:

—Fallamos la misión exitosamente.

Y dijo después su nombre completo, Jaime Jaramillo, en voz suficientemente clara como para que la frase quedara registrada en la memoria de Isa y de Otavito y del aire de mayo, antes de desplomarse encima de Otavito con la confianza de alguien que sabe que abajo hay carne suficiente para amortiguarlo.

La cantimplora de aguardiente, fiel al protocolo, salió del bolsillo de Isa. Hubo un brindis breve, sin palabras, sobre un cuerpo que respiraba con dificultad. La gorra cajetica de Pilsen seguía sobre la cabeza de Otavito. La diadema metálica seguía sobre la de Jaime. Nadie había tenido tiempo de quitárselas, y nadie iba a tenerlo en el corto plazo.

A lo lejos, en el cráter, una alarma residual de un sistema que ya no existía emitió tres notas que se parecían sospechosamente a boquita de caramelo, antes de extinguirse para siempre.


Nota del narrador: La temporada se cierra aquí, con un cráter donde había un edificio, una canción que dejó de sonar al mismo tiempo que su altavoz, y una misión cuyo informe oficial —si alguien se atreviera a redactarlo— consistiría en una sola oración pronunciada por un hombre que se estaba desmayando. Conviene anotar también, para los archivos, que el barril de ciento diez galones cumplió su ciclo completo —arrancado del piso en un capítulo, cargado por medio edificio en otro, vaciado sobre una bomba primordial al cierre—, lo cual, en términos de economía narrativa, es una de las pocas cosas en este episodio que sí salieron como estaba previsto.


Publicado 2026-05-01 · chronicle (whisper + claude + gemini)