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27-03-2026 | De cómo tres idiotas llegaron al desierto y decidieron no huir

Narrada en el estilo de Sir Terry Pratchett (que en paz descanse y que ojalá no nos demande desde el más allá)


El problema con los portales interdimensionales es que nadie pone señalización al otro lado. Uno podría esperar, razonablemente, que al cruzar un umbral entre planos de existencia hubiera al menos un letrero que dijera "BIENVENIDO AL DESIERTO, AQUÍ NO HAY NADA ÚTIL" o, siendo más ambiciosos, "CUIDADO: LAGARTO GIGANTE ENTERRADO EN LA ARENA". Pero los arquitectos del multiverso, como los urbanistas de cualquier ciudad latinoamericana, consideran que la señalización es un lujo innecesario.

Jaime, Octavio e Isa cayeron del plano astral como quien cae de un bus en movimiento: sin gracia, sin preparación y con la vaga sensación de que el universo anterior era marginalmente menos hostil¹.

¹ El plano astral, donde acababan de presenciar las plagas de Egipto y la corrupción divina de Zariel, era, objetivamente, bastante hostil. Esto dice mucho sobre el desierto.

Lo primero que sintieron fue la arena. Lo segundo, el temblor. Lo tercero fue algo que el cerebro humano no está diseñado para procesar: una montaña que se levantaba y tenía dientes.

Godzilla emergió del desierto con la majestuosidad de algo que lleva mucho tiempo dormido y no aprecia haber sido despertado. Treinta metros de lagarto nuclear se sacudían la arena de encima mientras, a lo lejos, el zumbido de aviones de la Segunda Guerra Mundial se acercaba con la determinación suicida que solo tienen los pilotos militares que no saben lo que les espera.

Isa hizo lo que cualquier persona racional haría: corrió. Corrió con la velocidad y la convicción de alguien que entiende, a un nivel fundamental, que los seres humanos no están diseñados para socializar con reptiles del tamaño de edificios.

Jaime y Octavio no corrieron.

Esto requiere una pausa, porque es importante entender lo que pasó a continuación. Frente a una criatura capaz de producir una detonación nuclear con las amígdalas, dos colombianos decidieron que el curso de acción más lógico era ofrecerle un trago.

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Jaime levantó un balde lleno de aguardiente con ambas manos, como quien le ofrece una cerveza al vecino en una parrillada, excepto que el vecino medía treinta metros y tenía espinas dorsales que brillaban con un azul que sugería capacidad de fisión nuclear. Godzilla, con la curiosidad torpe de un perro grande al que le muestran un juguete nuevo, bajó la cabeza. El balde era, desde su perspectiva, del tamaño aproximado de un dedal. Así que hizo lo único lógico desde el punto de vista de un reptil gigante: mordió una roca entera del suelo para poder meterse el balde a la boca.

Fue, por todos los estándares, un éxito diplomático.

Octavio, envalentonado por el hecho de que Jaime seguía vivo y con todos sus miembros², decidió que era el momento perfecto para negociar. Su plan era simple y, dentro de los parámetros de la locura, elegante: se arrancó una uña de la mano, se la mostró a Godzilla, y mediante una serie de gestos que en retrospectiva eran profundamente ambiguos, intentó comunicar la idea de "ahora tú arráncate una escama y me la das".

² Este estado de cosas estaba a punto de cambiar.

Lo que Godzilla entendió fue: "muérdeme la mano".

Hay que decir, en defensa de la criatura, que lo hizo con todo el cuidado del mundo. Un ser capaz de partir un portaaviones por la mitad cerró sus mandíbulas alrededor de la mano de Octavio con la delicadeza de una abuela pelando un huevo. El resultado, sin embargo, fue el mismo: Octavio se quedó con un brazo que terminaba donde antes empezaba una mano.

Godzilla lo miró con un ojo del tamaño de una rueda de tractor. Si los reptiles gigantes pudieran expresar la emoción de "creí que eso era lo que querías", su cara era exactamente eso.

No hubo tiempo para discutir la situación, porque los aviones llegaron.

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La explosión nuclear que Godzilla produjo con la garganta es difícil de describir con palabras, principalmente porque las personas que suelen estar cerca de explosiones nucleares no sobreviven para escribir reseñas. Baste decir que los aviones dejaron de existir de una manera muy definitiva, y que Jaime, Octavio e Isa —bueno, los dos primeros, Isa estaba corriendo y por lo tanto a una distancia marginalmente más segura— se encontraron en esa zona incómoda entre "eso estuvo cerca" y "debería verificar que sigo teniendo cejas".


Isa, mientras tanto, había encontrado un Jeep.

El Jeep estaba siendo conducido por una mujer francesa cuyo nombre nunca supieron porque hablaba exclusivamente en francés, que es un idioma hermoso para la poesía y completamente inútil cuando tres colombianos cubiertos de arena y residuos nucleares necesitan que les digan "súbanse rápido".

El Jeep no se detuvo, porque en los desiertos donde habitan criaturas nucleares, detenerse es una sugerencia, no una regla. Isa intentó subirse al vuelo.

Lo que pasó primero fue un desastre. El pie izquierdo de Isa encontró exactamente el punto de la carrocería diseñado para no ofrecer ningún tipo de agarre, y por un instante —un instante largo, del tipo que se graba en la memoria con la nitidez de las cosas que casi te matan— estuvo en el aire, horizontal, con la cara a centímetros del suelo del desierto que pasaba a velocidad considerable.

Pero el destino, o la suerte, o lo que sea que gobierna el universo cuando decide que alguien merece vivir un poco más³, intervino. Lo que parecía una caída inevitable se convirtió en un backflip. Isa giró en el aire con la gracia de alguien que ha practicado gimnasia toda su vida, que no era el caso, y aterrizó sentada en el asiento del pasajero como si llevara años ensayando la maniobra.

³ El universo usa un sistema de puntos de héroe. Es menos elegante de lo que suena.


Una vez todos a bordo, y antes de que las cosas se pusieran realmente interesantes⁴, Jaime se dedicó a una tarea médica que habría horrorizado a cualquier cirujano: tomar la mano arrancada de Octavio —que Isa, con la presencia de ánimo práctica que la caracterizaba, había recogido y guardado— y volver a pegársela.

⁴ "Interesante" es una palabra que la gente usa para describir situaciones que preferiría no haber vivido.

El resultado no fue, estrictamente hablando, un éxito médico. La mano quedó más corta de lo que había sido originalmente, con los dedos apuntando en direcciones que la anatomía humana no suele contemplar. Parecía como si alguien hubiera intentado armar un guante usando las instrucciones de un mueble de Ikea.

Octavio la miró, flexionó los dedos chuecos, y sonrió.

—Esto es una ventaja —dijo.

Porque Octavio era boxeador, y un boxeador con una mano de largo impredecible es un boxeador cuyo oponente no puede calcular la distancia del golpe. Era la clase de lógica que solo funciona si uno no piensa demasiado en ella, que es exactamente la cantidad de pensamiento que Octavio le dedicaba a la mayoría de las cosas.


Las criaturas voladoras llegaron como llegan todos los problemas en el desierto: sin aviso, en cantidad excesiva, y con intenciones claramente hostiles. Grifos, pterodáctilos, pájaros de especies que la taxonomía no ha tenido el placer de clasificar porque los taxónomos que los encuentran no suelen sobrevivir al encuentro.

La defensa fue ecléctica. Isa disparaba con una pistola desde el asiento del conductor —la francesa, lamentablemente, había muerto durante el primer asalto, lo cual resolvió el problema de la barrera idiomática de la manera más definitiva posible—. Octavio agarraba a las criaturas con las manos, incluyendo la chueca, y les retorcía el pescuezo con la eficiencia de quien ha desplumado gallinas toda la vida. Jaime usaba un machete, que es la herramienta universal colombiana para resolver cualquier problema que involucre algo que necesita ser cortado. Había también una Gatling montada en el Jeep, porque aparentemente los Jeep franceses del desierto vienen con prestaciones militares de serie.

Y aquí es donde la historia se vuelve específicamente colombiana, porque en lugar de dejar los cadáveres de las criaturas en el camino, como haría cualquier persona sensata, el grupo empezó a montarlos en el Jeep.

—Para el sancocho —explicó alguien, como si eso lo explicara todo.

Y en Colombia, lo explica.

Jaime, en un arrebato de entusiasmo cinegético, se agarró de una criatura voladora más grande que las demás. La criatura, como era de esperar, no se quedó quieta. Jaime desapareció hacia arriba, colgando de las garras de algo que parecía un águila diseñada por un comité de pesadillas.


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Lo que pasó después fue culpa de la geografía. El desierto, que hasta ahora había sido razonablemente plano en su hostilidad, decidió añadir variedad topográfica en la forma de una duna que bajaba en un ángulo que las dunas no deberían tener. Noventa metros de pendiente que parecía diseñada por alguien que confundió "duna" con "acantilado".

El Jeep se fue por el borde.

Isa, al volante, hizo lo que pudo, que fue considerablemente más de lo que la física sugeriría como posible. El Jeep bajó la duna en una nube de arena, plumas y el tipo de gritos que la gente emite cuando está experimentando emociones para las que el vocabulario humano no tiene palabras adecuadas.

Las plumas de las criaturas muertas salieron volando del Jeep como una explosión en una fábrica de almohadas, mezclándose con la arena en una nube que, vista desde lejos, probablemente era bastante hermosa. Vista desde dentro del Jeep, era arena en los ojos, plumas en la boca, y la certeza absoluta de que el sancocho no iba a valer la pena.

Sobrevivieron, porque eso es lo que hacen los personajes de esta historia: sobreviven a cosas que no deberían haber encontrado en primer lugar, en un desierto al que llegaron desde otro plano de existencia, conduciendo un Jeep francés cargado de criaturas muertas, con una mano reattachada al revés y un compañero colgando de un pájaro gigante en algún lugar del cielo.

Era, todo considerado, un martes bastante normal.


Nota del narrador: Los eventos aquí descritos ocurrieron durante una sesión de prueba en la que el sistema de juego cambió de D&D 5e a Pathfinder 2e, lo cual explica por qué la realidad misma pareció reiniciarse. O no lo explica en absoluto, que es básicamente lo mismo.